
Disclaimer: Los personajes no me pertenecen ¡Lo saben! Pertenecen a la señora Meyer y su casa editora. Yo sólo juego con los personajes, moviendolos a mi gusto.
I Will Make You a Woman
- ¿Sabes? Me tenías muy preocupado –Dijo, Edward, cuando Bella se despertaba.
Edward la había llevado a su casa. Cargándola y tanteando el peso abrió su casa y haciendo un gran esfuerzo, subió las escaleras y la recostó en su cama.
Había estado viéndola dormir, mientras acariciaba sus cabellos y susurraba palabras dulces. Pasado un par de horas, ella comenzó a despertarse. Aún estaba pálida, como una hoja de papel y tenía mucha fiebre. Edward tuvo que ponerle una toalla húmeda sobre su frente y cuando esta se secaba por lo caliente que estaba su cabeza, tenía que ir a remojarla de nuevo.
Bella volvió a cerrar sus ojos.
- L-lo siento, E-E-E… -Comenzó a temblar.
Parecía que le había dado un catarro o algo parecido, porque tenía escalofríos. El chico la tapó con cuidado y besó su frente antes de poner la toalla otra vez.
- Mañana por la mañana iremos al doctor –Avisó, su tono era anti réplicas.
Bella suspiró, o por lo menos, eso intentó.
- N-no… Ya s-son d-demasiadas…
Edward sonrió. Traería a un doctor, ella no estaba en condiciones de salir. Bella volvió a quedarse dormida. Mientras la veía dormir, se le ocurrió hacer un poco de algo nutritivo para mejorar su salud. Lo malo, es que muy a penas podía hacer un sándwich.
Bajó las escaleras y llegó a la cocina. Se sorprendió de ver lo bien cuidada que estaba, y un montón de libros de cocina. En su mayoría eran para cocinar pescado. Buscó uno que fuera especial para los catarros, hasta que halló uno especial para ese tipo de enfermedades.
Hojeó el libro hasta encontrar un caldo de espinacas. Casi se vomita. Sí algo odiaba mucho en este mundo Edward, era sin duda las espinacas, que no podía ni verlas en pinturas, ni mucho menos comerlas.
Suspiró.
¿Dónde conseguiría espinacas?
Se le ocurrió ir al mercado, pero estaba muy retirado de la casa de Bella, y no podría cambiarle la toalla para refrescarla. Entonces, su única salida era llamar a alguien a que la cuidara en lo que él salía por las espinacas. Y quién mejor que la hiperactiva de Alice.
La llamó por teléfono y su llamada apenas duró dos minutos.
La Cullen llegó casi media hora después. ¿Por qué? Se había entretenido hablando con Jasper en el camino. Eso le recordó el cuento de 'Caperucita Roja', cuando la abuelita de ella enferma y Caperucita se distrae con el lobo.
Edward sacudió la cabeza. ¿Qué tonterías estaba pensando?
Agarró su abrigo del perchero y salió.
Había comenzado a nevar y las calles estaban siendo barridas por la máquina barredora de nieve. Aún así, era un poco difícil transitarlas.
Caminó un rato hasta casi llegar a las afueras del pueblo, justo antes de salir se encontraba el mercado. Pero, gracias a la nieve que había caído, habían quitado sus puestos y se habían ido muy a las afueras de Forks. Edward tardaría más en llegar allá.
Así que, recorrió todo el camino hasta llegar a un pequeño supermercado donde escaseaban las cosas. Encontró las espinacas que eran las últimas de todo el pequeño lugar, pero cuando iba a tomarlas, una mano blanca se le adelantó.
Cuando se volteó para pedirle de manera más amable que se las diera, se encontró con la pequeña Tanya que ya estaba guardándolas en su canasto de compras.
- Disculpa –La llamó. Ella lo miró, sorprendida. No creería que encontraría a Edward en lugar así, no parecía ser de esos que se encargaban de las compras del hogar-. ¿Tanya, cierto?
Ella asintió. Un rubor había aparecido en sus mejillas, como siempre que lo veía. Así fuera de lejos, siempre se sonrojaba al verlo. Edward Cullen era y sería para siempre, el dueño de su frágil corazón. Le sonrió.
- ¿Qué pasa, Edward?
Él le sonrió de regreso. Prácticamente, ella le estaba coqueteando, aunque sutilmente.
- Bueno, quería llevar esas espinacas para hacerle un caldo a Bella –A Tanya se le removieron las tripas cuando escuchó ''un caldo a Bella''. ¿Por qué tenía que cuidarla tan bien? ¿Qué era ella para él? Suspiró. Esos celos no la dejarían vivir-. Está enferma… Y en un libro decía que el caldo de espinacas haría que ella se pusiera un poco mejor.
Edward respiraba por la boca. El olor de las espinacas le resultaba inmundo. La chica lo miró, esperando que le dijera otra cosa, no sé, tal vez que quería una cita con ella, pero él no volvió a hablar.
- Sí es para Isabella, no tengo otro remedió que dártelo –Sacó las espinacas de su canasto y se las tendió. Pero cuando las agarró Edward, en la mano de Tanya le recorrió unas descargas eléctricas que la hicieron soltarlas más rápido, y estas cayeron al piso.
Los dos se agacharon a recogerlas, pero al hacerlo al mismo tiempo se golpearon la cabeza. Eran muy torpes, ¿no?
Tanya se sobaba aún la cabeza cuando Edward ponía las espinacas en su canasto de compras. Él le sonreía muy agradecido.
- Gracias, T… ¿Tanya, cierto? –Pero era una pena que no recordara a veces su nombre.
Días atrás la había llamado Tina, Tawny, Terry y muchos nombres más que empezaban con 'T', pero nunca se acordó que ella era Tanya. T-A-N-Y-A, Tanya.
Ella le sonrió y se despidió con la mano.
- Mándale mis mejores deseos a Isabella –Deseó.
Edward le sonrió y besó su mejilla. Regresó por el pasillo, ignorando a una Tanya que se había quedado petrificada a lado de las verduras con una mano en su mejilla y una sonrisa idiota.
Pagó el total y se las dieron en una bolsa. Al salir del supermercado, el viento soplaba más fuerte que minutos atrás. Apresuró su paso, hasta ver la casa Swan. Las luces estaban encendidas. El cielo ya se había oscurecido y algunos destellos de la luna se podían ver en el cielo. Consultó su reloj, eran las siete y cuarto.
Se apresuró y tocó la puerta. Segundos más tarde, Alice le abrió la puerta. Se despidió de él, porque había quedado con Jasper en la casa para la cena. Edward le dijo que le avisara a su mamá que llegaría tarde, o hasta que el Jefe Swan apareciera.
Ella asintió y se fue.
Cerró la puerta con seguro y fue a la cocina. Puso el agua a hervir con un poco de pollo. Lavó las espinacas con el agua y el desinfectante, para luego picarlas y agregarlas al caldo. Hecho un poco de sal y la probó. Sabía bien. Para ser su primer caldo, había quedado muy rico. Lo sirvió en un tazón hondo y lo dejó en la charola. Sacó un poco de agua de limón y lo sirvió en el vaso.
Con la charola llena de alimentos, subió con cuidado las escaleras y entró a la habitación de Bella, que estaba a oscuras. Dejo la charola en la mesita de noche y encendió la lámpara. Las mejillas de Bella estaban coloradas. Agarró el termómetro y lo se lo puso en su boca. La temperatura le había subido unos grados más, la toalla aún estaba húmeda, por lo que Alice recién se la había puesto.
Movió un poco su hombro para despertarla, pero ella no lo hizo.
- Bella, Bella, Bella –Canturreó.
Ella abrió un ojo con mucho esfuerzo y vio a un borroso Edward sonriendo.
- Te traje algo que podía ayudarte –Dijo.
La sentó con cuidado con muchas almohadas en su espalda. Le empezó a dar cucharadas del caldo y ella sorbía. Se encontraba un poco deshidratada, así que le dio un gran trago al agua de limón dejándolo casi vacío.
Cuando se acabó el caldo, la recostó de nuevo y humedeció de nuevo la toalla para ponérsela sobre su frente. Ella le sonrió. Había recuperado más o menos su tono normal de piel. Le puso de nuevo el termómetro. Había bajado unos grados. Edward suspiró aliviado. Al menos, aquél caldo de asquerosas espinacas, en el que había batallado mucho para respirar, había sido útil.
Bella volvió a dormir y Edward estuvo seguro que por la mañana ella estaría un poco mejor y podría ir al doctor.
Las diez de la noche llegaron, seguidas de las once y las doce. El Jefe de Policía Swan había telefoneado a la casa para avisar que no llegaría a dormir. Edward le dijo que no se preocupara, que cuidaría a su hija con su vida.
Llamó a Esme para avisarle que se quedaría en casa de los Swan cuidando de Isabella. Su madre le dijo que la cuidara bien, que era una muchacha buena y que esperaba que se mejorara pronto.
Aunque Edward no lo admitiría jamás, tenía cierta envidia de Rosalie. Ella podía ir a abrazarla y besarla, porque salían y le valía lo que le dijeran las demás personas. Él no. Sí llegara a salir con Bella, tendría que defenderla de muchas burlas, y…
¿Sí llegara a salir con ella?
¿Podría hacerlo?
Ella le atraía de sobre manera, le gustaba todo de ella, desde su ardiente cuerpo hasta su alegre y simpática personalidad. Todo. Era como si estuviera hecha para él, y nadie más que él. No Rosalie ni ninguna otra mujer u hombre. Sólo él. No entendía como siendo tan bonita era lesbiana.
Después le preguntaría como había llegado a la conclusión de que su sexualidad era esa.
Suspiró.
Cambió de nuevo la toalla.
Aunque estaba muy cansado, estaba seguro que tenía que estar cuidando de la temperatura de Bella, en cualquier momento podía subir.
Mientras la veía dormir, con su pausada respiración y su pecho moviéndose lentamente de arriba abajo, pensó que ella haría lo mismo por él si las situaciones fueran a la inversa. Ella tenía un gran corazón y era muy bondadosa. Era muy amable con todo el mundo.
Por esa razón, le había sorprendido la manera en que les había hablado a esos chicos en la enfermería. Enojada… Grosera. Debieron haber agotado su paciencia para que la dulce Isabella Swan les hablara de ese modo, ella no era del tipo de personas que gritara. No, ella era introvertida, metida en su propio mundo.
Suspiró.
Y pensar que ayer se la habían pasado jugando videojuegos y riendo. Porque sí, Bella era una experta en esos juegos, desde carreras hasta de peleas, pasando por los Sims. Toda una gamer.
En estos momentos, acostada en su cama con treinta y nueve grados de temperatura y moquienta.
¡Mocos!
Buscó unos pañuelos para la nariz en su cajón. Y los encontró, junto con su diario.
Era un diario simple. De un color morado y con letras doradas decía ''Mi Diario''. No tenía cerradura ni nada. Podía abrirlo, hojearlo y conocer más acerca de sus gustos, metas y sueños. Podía saberlo todo y alejarla de Rosalie usándolo a su favor.
Tomó los pañuelos y limpió su nariz. Dejó los pañuelos en su mesita de noche.
El cajón continuaba abierto, y el diario a simple vista. Eran tan llamativas esas letras doradas que decían ''Mi Diario'', que casi parecía que le decían ''Ábreme, ábreme. Léeme, léeme''.
Edward dudó
Bella no se daría cuenta, estaba en un estado deplorable y dormiría todo lo que pudiera para recobrar las energías. De todas maneras, había gastado muchas hoy.
Paso una mano por sus cabellos, alborotándolos más.
¿Sería correcto abrirlo sin su consentimiento?
De todas maneras, si ella no quisiera que lo leyeran no estaría en ese lugar donde todos pudieran verlo.
Edward acercó la mano al cajón y lo sacó.
Estaba a punto de abrirlo. Pero no estaba seguro. Eso sería traicionar la confianza de Bella. Sin embargo, una vocecita en la cabeza lo incitaba a hacerlo, diciéndole que luego que fueran novios o lo que fueran, le rebelaría todo. ¿Eso haría?
Abrió el diario.
Al inicio había una hoja de datos. Edward rió entre dientes.
Nombre: Bella Marie Swan.
Edad: Pronto quince.
Así que ese diario lo tenía desde un par de años atrás.
Ocupación: Estudiante.
Teléfono: 555- 67824.
Celular: No tengo :(
Edward rió de nuevo al ver la carita triste.
Tipo de sangre: O Rh –
Y así continuó. Con datos de ese tipo. Toda una hoja completa llena de datos. Era de tamaño carta por lo que tardaría un poco en terminar de leer la hoja. Se la hubiera saltado si no fuera por los garabatos y caritas que Bella ponía y le resultaban graciosas.
- ¿E-Edward?
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