jueves, 21 de octubre de 2010

El Experimento -Capítulo 6

Disclaimer: Los personajes pertenecen a la señora Meyer y su casa editora. La historia está basada en Kimikiss Pure Rouge, pero no todo es igual, sólo la idea.


El Experimento

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Sus mejillas se sonrojaron cuando reconoció a la castaña.

Miró a todos los presentes, y con decisión se levantó lentamente. Su mirada estaba concentrada en la castaña que estaba a punto de salir de la biblioteca.

- ¡Swan! –La llamó, alzando un poco la voz.

La bibliotecaria lo miró mal, y sus mejillas se sonrojaron aún más.

Todos en la mesa tenían la vista puesta sobre él. Estaban sorprendidos. ¿Edward hablándole a la solitaria chica genio?

Rosalie era la que estaba aún más estupefacta. No tenía ni idea que ellos dos se conocieran. Su mirada se fue hasta Bella y regresó de nuevo a Edward. ¿Cómo es que se conocían esos dos? Se encogió de hombros y continuó leyendo el libro de historia.

La castaña se detuvo en la puerta. Giró un poco su cuerpo, para ver al chico de ojos esmeraldas por encima de su hombro.

En el momento en que Edward sintió la mirada de Bella, se comenzó a poner más incómodo.

- Si tú quieres… Bueno –Se movió un poco más hacia adelante-. Puedes estudiar con nosotros.

Ahí estaba. Por primera vez no había dudado en hablarle. Se había trabado con las palabras, pero estas ya estaban sobre la mesa, esperando una respuesta de la castaña.


- ¿Yo? –Preguntó con ese tono neutral que la caracterizaba.


- Eh, sí –Contestó. En cualquier momento parecía que a Edward le iba a dar algo. Comenzaba a sudar y su pulso se había disparado por los cielos-. Tú eres muy inteligente, y tal vez podrías ayudarnos a nosotros…


Ella alzó una ceja, en una mueca de extrañez.


- ¿No puedes aceptar que tú no puedes hacerlo? –Por la entonación de su pregunta, dejaba claro que creía que era incapaz de que Edward pudiera hacerlo por su propia cuenta.



- ¿Ah?


Bella se giró de nuevo hacia la puerta y comenzó a caminar, dejando a Edward con la boca abierta y sin poder decir otra palabra.


- ¡Espera! –La detuvo, Jessica. La castaña se detuvo y volvió a mirar a través de su hombro-. ¿Qué pasa con tu actitud?


Se miraron unos segundos, sin apartar la vista. Era obvio que la estaba retando.


- No todos somos tan inteligentes como tú –Continuó, más calmada y con voz suave.


Se siguieron mirando. Bella todavía tenía esa mirada fría e inexpresiva, mientras que la de Jessica era un mar de emociones. Eran tan diferentes.


La castaña se giró de nuevo y salió de la biblioteca.


Jessica se sentó de nuevo hasta que ella desapareció de su vista. Edward miraba en dirección a la puerta, sin notar que la mirada de los demás estaba sobre Jessica. Se sentó lentamente y se concentró de nuevo en su libro.


- Emmett, ¿esa chica es muy lista? –Preguntó, Rosalie, hablando luego de un sepulcral silencio.


- ¿Qué dices? ¡Si es la chica genio de la escuela!


- ¿Eh? ¿Genio?


- Tiene un IQ de 190 –Respondió.


Rosalie se quedó aún más confundida, pero muchas preguntas se respondieron a la vez. No era que no le gustará estudiar, es que ella podría darles clases a los maestros; no era que estuviera de floja en la enfermería, era que eso ella ya lo sabía.


La tarde se pasó entre estudios.


No hablaron mucho después de lo de Bella.


Al día siguiente, casi no se vieron por estar repasando para los exámenes que iban a tener esos días. 


Y por consiguiente, Edward casi no vio a Bella.


Llegó el día en que se publicaban los resultados del semestre. Veían quienes habían probado y quienes tendrían que presentar de nuevo el examen para no repetir año.


Jessica había aprobado todos, no con mucho promedio, pero había pasado. Ella estaba tan feliz porque no se saldría del soccer, que les agradeció infinitamente a todos sus amigos por el apoyo incondicional.


Edward, movido por la curiosidad, observó los resultados de Bella. Ella había sacado todos los puntos y encabezaba la lista. La más inteligente de toda la clase. Él suspiró. Sabía que si ella contestaba todo bien, en vez de dejar los exámenes en blanco, sacaría el primer lugar en su clase.


Los días siguientes, Edward ya no volvió a ver casi a Bella. Las tardes se las pasaba practicando soccer con Jessica y cuando él tenía hora libre, no encontraba por ningún lado a la castaña. Era como si se estuviera escondiendo de él a propósito.


Unas semanas más tarde, por fin se encontró con ella en el laboratorio.


Pegaron sus espaldas a la pared y se agarraron de las manos. Como siempre, ella se encontraba toda neutral y sin un signo de nerviosismo; al contrario de Edward, que tenía las mejillas coloradas y su corazón latía a gran velocidad.


- ¿Esto es parte de…?


- Silencio.


- Sí.


De repente, ella se giró hacia él. Acercando su rostro. Edward miró sus labios y pensó que tal vez lo besaría. Él deseaba que lo besara. Los ojos cafés de ella se encontraron con las esmeraldas de Edward.


- Me duele –Murmuró, Bella.


- ¿C-cómo dices?


- Me estás apretando demasiado la mano.


Edward soltó inmediatamente su mano.


- ¡Lo siento! –Se disculpó. Sus mejillas se sonrojaron aún más.


Ella se alejó y se sentó en su banquillo junto a la ventana.


- El experimento de hoy es un éxito –Dijo, de pronto.


- ¿Qué?


- Pude demostrar que tomarnos de las manos nos impulsa a besarnos –Aclaró-. Fue algo sumamente pasivo, pero funcionó –Se levantó y se acerco a un mechero. Lo encendió y colocó encima una pequeña cafetera. Vertió agua y unas cucharadas de café-. ¿Tomarás café?


Edward se estremeció ante la palabra café. Aún recordaba la última vez que lo había tomado, que Bella la había dado. Esa sensación en su lengua. Hizo una mueca extraña. Se llevo una mano a sus cabellos y se los despeinó.


- Ah, no –Respondió.


Bella se volteó a verlo. Y Edward entendió el mensaje.


- Sí quiero.


Edward arrastró un banco hasta colocarlo a lado de ella. Se quedaron en silencio unos minutos. Él se moría por preguntarle muchas cosas sobre ella, pero creía que ella se molestaría. El café estuvo listo en unos cuantos minutos y Bella lo sirvió en dos vasos.


Le entregó uno Edward.


- Aquí tienes.


- Gracias.


El chico se quedo mirando fijamente el vaso de café. La castaña le había dicho que era eso, café, pero él creía que era otra cosa. O, tal vez si era café, pero lo que le faltaba era el azúcar y la leche.


Escuchó como abrían una bolsa de frituras. Miró atentamente como ella agarraba un bote lleno de algo y se lo echaba a las frituras. Ella movió un poco el bote y Edward pudo ver lo que decía: ''mayonesa''.


- ¿Es mayonesa lo que le estas poniendo? –Preguntó, perplejo.


Bella sacó otro bote del mismo color, pero esa vez, era miel.


- ¿Mayonesa y miel? –Preguntó, de nuevo Edward, con el mismo tono de sorpresa.


- Sí.


Edward le dio asco ver la miel y la mayonesa sobre esas crujientes frituras de jalapeño.


- ¿Q-qué clase de experimento es ese?


Bella lo miró, confundida.


- ¿Experimento?


- Eso –Dijo, él, señalando la bolsa.


Ella regresó la vista a su extraña mezcla y con simpleza, respondió:


- Es mi almuerzo. Me gusta así –Murmuro, seguido de una enorme mordida a una fritura.


El chico aún tenía esa mirada de confusión y asco. ¿Su almuerzo? ¿Qué clase de almuerzo era ese? 
¿Eso era lo que ella acostumbraba a comer? No creía que alguien que se viera tan refinada, como Bella, pudiera comer algo tan asqueroso.


- ¿Puedo agarrar una? –Ella asintió.


Estiró su mano y tomó una pequeña fritura. La colocó frente a su rostro, examinándola, y a la vez, dudando. Abrió la boca en forma de 'o' y se comió la fritura.


¡Sabía espantoso!


¿Cómo podía comer eso?


Miró con horror como Bella continuaba comiendo frituras sin hacer ninguna mueca.


- Bella, no es por nada, pero… ¿Será posible que tengas mal gusta en lo que se refiera a comida? –
Inquirió. Todavía tenía el sabor agridulce en su boca.


- ¿Yo? –Preguntó, parando de comer-. De cualquier modo, es algo normal…


- ¡No es normal, para nada! –Interrumpió-. ¡No hay forma de que puedas comer frituras con todo lo que le echaste!


- Que arrogante de tu parte –Contestó, ella. Movió su cabeza y lo miró-. ¿Estás diciendo que tu gusto sí es el correcto?


Él se alejo un poco de ella.


- Por lo menos, es un poco mejor al tuyo –Suspiró-. ¿Nunca te han dicho que tienes gustos extraños?


- Nunca –Murmuro, regresando de vuelta a su almuerzo-. Porque yo siempre como sola.


Edward se sintió mal. Era verdad. Ella siempre comía alejada de todos. No había manera de que alguien le dijera que sus gustos culinarios eran nefastos. Pensaba que ella era perfecta en todo, pero le había encontrado algo sumamente inesperado.


Entonces, a él se le ocurrió una idea. No sabía si era brillante o no, pero pasaría más tiempo con ella.


- ¿Qué te parece si llevamos a cabo un experimento?


Ella dejó de comer y centró de nuevo su atención en el chico de ojos esmeraldas.


- ¿Un experimento?


- Hay un restaurante de mala muerte frente a la estación del metro –Prosiguió-. Ahí comeremos su platillo más reconocido, y entonces, después de que lo pruebes, veremos si tienes mal gusto o no.


Bella llevó una mano a su barbilla y comenzó a pensar.


Edward había notado que siempre que ella estaba meditando algo, se llevaba la mano derecha a su barbilla y se quedaba ausente durante unos minutos.


- De acuerdo –Aceptó. Giró por completo su silla hasta quedar frente a él. Se cruzó de brazos-. Tal vez 
así te demuestre que mi gusto es el correcto.


Sonrió, satisfecho.


En un principio creyó que ella se iba a rehusar, pero luego, de esas palabras, una extraña llegó a su mente: eso sería como una cita.

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