miércoles, 20 de octubre de 2010

Did I Die? -Capítulo 7


Disclaimer: Los personajes pertenecen a Meyer y su casa editora. Yo sólo juego con los personajes y creo esta rara historia.



Did I die?

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Bufé.


El día había estado soleado, contra mis súplicas de que lloviera y relampagueara. Incluso, demasiado soleado.


Había varios grupos de personas sentados por todo el enorme jardín. Victoria sonreía alegremente –al igual que todos los demás, a decir verdad, creo que era la única amargada- mientras nos repartía algunos vasos y platos.


Yo, que había pensado que el día iba a estar nublado –como no creerlo si el día anterior casi había un diluvio- no había cocinado nada. Edward, como el arrogante y perfeccionista que es, había hecho un pastel de arándanos con cubierta de chocolate.



En cambio, yo había tenido que despertarme temprano e ir a un centro comercial a comprar… Comida. Pero el único lugar que había encontrado abierto, era el de pollo frito. ¿Victoria se creería que yo sabía cocinar pollo frito? Rezaba porque así fuera.


Alguien había traído una grabadora. En nuestro ''feliz'' picnic se escuchaba la canción de ''I Belong To You''. Bueno, al menos, no era una cursilería como las que Edward había escuchado. Suspiré.


- Deberías divertirte –Aconsejó Edward-. Y deja de fruncir el ceño –Sus dedos se fueron a mi frente y la acarició hasta que deje de fruncir el ceño. Lo miré mal.


- A mí no me preocupa si tendré arrugas…


- Pero unas arrugas se verían horribles en tu lindo rostro –Cortó.


¿Mi lindo qué?


Desvié la mirada.


Desde la noche anterior, desde ese sueño que me había confundido aún más, me sentía rara a lado de Edward. No podía actuar con naturalidad. Se me dificultaba verlo al rostro sin ver directamente sus labios, carnosos, entreabiertos.


En mi plato ya había de todo. Puré de papa, pollo frito, un Subway de jamón –sí, sí, no había sido la única que no había cocinado-. Y un frío refresco de cola.


Cuando iba a agarrar una cuchara, mi mano se cruzó con otra más pálida. Edward. Retiré la mano y deje que él tomara una cuchara primero. Evité su mirada. Mi mano se fue de nuevo a las cucharas, una vez que la suya ya no estuvo ahí.


¿Qué me pasaba?


¿Qué era la extraña sensación que tenía en la boca del estómago?


Era algo cálido y me hacía sentir rara.


Raro, es sinónimo de feo.


Más bien, me hacía sentir bien. Nunca me había sentido así. Suspiré.


Llevé una cucharada del puré de papa. Sabía bien.


- ¿Quién lo hizo? –Pregunté, señalando con la cuchara el puré.


Victoria rió.


- Si adivinas… Dejo que te vayas –Dijo con una sonrisita burlona.


¿Quién lo había preparado?


Descarté primero a Edward, él había traído el postre. Luego a Emmett, él había traído el refresco. Eso reducía mis posibilidades a los Hale y a Alice, ya que Victoria sólo había traído los platos, vasos y cubiertos.


- ¿Alice?


Dudaba que la Rosalie-hay se me rompió la uña-Hale supiera cocinar. Sonreí victoriosa. Alice me miró divertida y negó con la cabeza.


- ¿No… no lo hiciste tú? –Carraspeé, incómoda.


Giré mi cabeza hasta ubicarla en dirección a los gemelos Hale. Rosalie sonreí creídamente y Jasper miraba distraído al cielo.


Victoria soltó una carcajada y todos los demás la acompañaron. Me crucé de brazos y fruncí el ceño. ¡Rosalie! ¡Por todos los cielos! ¿Cómo iba a saber que la superficial de Rosalie sabía cocinar?


Estiré mi brazo y subí el volumen de la música. Cualquier cosa era mejor que escuchar sus risitas burlonas.


Pero tenía que admitir que, era imposible, inimaginable, que una chica tan superficial como Rosalie supiera cocinar.


Las risas cesaron.


- Vamos, Bella –Musitó, Edward, rodeándome con su brazo-. Nunca nos hemos reído de ti.


- Tú, definitivamente, sí –Dije con una mirada acusadora e intentando no pensar en la agradable sensación en mi estómago.


Él me miró durante unos segundos y luego desvió su mirada, aturdido.


Suspiré.


Si tan sólo no hubiera tenido ese sueño, no actuaría de esa manera con Edward. Pero el hubiera no existe, ni existirá. Es un pobre consuelo y pariente del ''y si…''.


Una cálida brisa sopló.


El otoño ya se sentía presente.


Miré a todos. Alice estaba hablando animadamente con Jasper; Edward estaba pensativo, mirando al cielo –me pregunte el porqué, pero rápidamente deseché mis pensamientos-; Emmett hablaba con Victoria acerca de algo y Rosalie se miraba, vanidosamente, en el espejo.


- ¿Entonces? –Pregunté, mirando fijamente a Rosalie.


Todos se giraron para verme.


- ¿Qué cosa? –Respondió ella con otra pregunta y enarcando una ceja.


- ¿Cómo hiciste el puré de papa? –Inquirí, mirándola fijamente, esperando algún gesto de nerviosismo que me indicara que ella estaba mintiendo.


Sonrió. Me dieron ganas de borrarle esa perfecta sonrisa de dientes blancos, arrogante, de un puñetazo. Pero sólo me quede con las ganas.


- Receta que ha pasado de generación… -Contestó.


No tenía caso seguir indagando. Por la mirada de Jasper –esa mirada llena de orgullo- sabía que ella me estaba diciendo la verdad y no estaba mintiendo.


Giré mi cabeza para encontrarme con la risueña mirada de Emmett.


Emmett.


No había hablado mucho con él. Aunque lo había observado de lejos. Nunca estaba callado y no paraba de sonreír y reír. Pensaba que su muerte no había sido tan trágica como la de Edward, Alice y la mía.


O al menos, hasta que él le dijo algo a Victoria:


- Era enorme, y tenía garras largas y agiladas. Medía aproximadamente dos metros y… -Su voz era emocionada, como si contara un gran logro. Se calló abruptamente cuando descubrió mi mirada-. ¿Quieres escuchar la historia de mi muerte, Bella? –Preguntó, con una sonrisita. Abrí la boca un par de veces, pero al final, terminé asintiendo.


- ¿Cómo fue?


Se hizo a un lado, dejándome el espacio para que me sentara a su lado. Movida por la curiosidad, me levanté rápidamente, dejando mi plato de comida a medio comer ahí. Me senté con las piernas cruzadas y lo miré fijamente, esperando a que comenzara.


Sonrió ampliamente y carraspeó.


- Ese día había salido a tomar aire fresco –Comenzó-. Yo antes vivía rodeado de un bosque verde y… lleno de animales –Agregó-. Estaba anocheciendo y el camino no se distinguía bien, pero ya lo conocía de memoria –Su acento me resultaba gracioso, pero por respeto, no me reí-. Y como le decía a Victoria, un oso me atacó…


Hice una exclamación de horror.


¡Un oso!


Un enorme, malo y feo oso había atacado a Emmett. Lo miré, ese rostro tan amigable, escondía su horrorosa muerte. Nunca hubiese creído algo así. Sus gestos y su forma de ser tan despreocupada. Admiraba eso de él. Admiraba su forma de ser.


Sin querer, lo estaba mirando fascinada, mientras me perdía en mis cavilaciones y él continuaba hablando.


- …Yo sólo quería que el dolor acabara –Musitó-. El dolor era insoportable. Mi abdomen ardía como los mil demonios. Mis piernas estaban inmóviles, muertas –Se veía tan metido en la historia-. No supe que pasó conmigo, hasta que Alice dijo que estábamos muertos. Creo que aún conservaba en ese entonces la esperanza de que alguien me hubiera salvado…


Pestañeó un par de veces.


Miró a nuestro alrededor. Todos miraban sorprendidos. Todos habían escuchado su historia. El enorme oso que había atacado a Emmett.


- Grandioso –Habló la rubia-. ¿Se supone que debemos tenerte lástima?


La fulminé con la mirada.


¿Es qué acaso no tenía corazón? ¿Era tanta su superficialidad que tenía el corazón congelado? ¿No sentía compasión ni empatía? Entonces, ¿por qué se había quedado mirando a Emmett con dolor? O, ¿había fingido?


Me era imposible creer que fingiera que sentía dolor por la triste historia de Emmett. Yo lo había sentido… Todos.


- ¿Puedes callarte? –Pedí-. Nadie pidió tu opinión. Guárdatela para cuando la pidamos, ¿sí?


Emmett carraspeó. Lo miré.


- Por favor, comparte tu historia.


Mis ojos se abrieron por la sorpresa. ¿La historia de cómo los gemelos Hale habían muerto? Deseaba oír la historia de sus labios. Deseaba escuchar lo que sintieron. Era un deseo morboso, pero tenía tanta curiosidad que eso quedaba en segundo plano.


Jasper miró a Rosalie, dudando.


Ella giró el rostro y se siguió viendo en el espejo. Jasper suspiró.


- Mis padres eran empresarios. Constantemente de viaje –Murmuró-. Regresábamos de visitar a nuestra abuela. Recibimos una llamada…


- De nuestros padres… Diciéndonos que siguiéramos en casa de la abuela –Dijo, siguiendo el hilo de la historia, Rosalie-. Les pregunte el motivo… -Miró a su hermano. Éste se acercó a ella y la rodeó con sus abrazos, en un abrazo consolador. Ella escondió su rostro en el pecho de Jasper.


- Nos dijeron que no querían que volviéramos, que sólo éramos una carga –Continuó, Jasper-. Entonces, Rosalie y yo, molestos y tristes, deseamos no haber nacido y así, que nuestros padres siguieran siendo felices… -Acarició los cabellos de su hermana-. En ese momento, hubo una falla con una de las turbinas del avión… Rosalie y yo dijimos que queríamos morir –Concluyó.


Su historia me había apenado, pero me sentía identificado con Rosalie y a la vez llena de lástima. Ella que tan superior se creía, era como Emmett. Tenía una máscara, una máscara que escondía su dolor y desesperación.


Yo era todo lo contrario. Me mostraba tan transparente a los demás, pero creían que yo era diferente, me rechazaban. La sociedad estaba conformada por gente hipócrita.


Sobraban hipócritas -¡y por montones!-, pero faltaban amigos.


Miré directamente a Edward.


Su mirada estaba perdida en el cielo, como antes, pero esta vez, sonreía torcidamente.


Él, era mi incondicional primer amigo.


Él era único.

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