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Disclaimer: Los personajes pertenecen a Meyer y su casa editora. Yo sólo juego con los personajes y creo esta rara historia.
Did I die?
.
Sonreí, mientras abrazaba efusivamente a Edward.
Después de pasarme toda una tarde intentando convencerlo de que me echara una mano con Jasper, por fin había accedido. Edward era sin duda, el mejor amigo que jamás había podido pedir.
Él me abandono horas más tarde, porque se acercaba su hora de almorzar. Aproveché esa oportunidad para salir a pasear un rato. Edward y yo éramos como uña y mugre, inseparables, pero a veces la mugre se iba cuando te bañabas. Suspiré.
El pequeño mini mundo fantasmal contaba con un centro comercial. ¿De dónde salía el dinero para comprar? Victoria nos daba cincuenta dólares semanales a cada uno, por orden de allá arriba. Siempre aceptábamos el dinero con una sonrisa y nos íbamos a comprar al centro comercial inmediatamente.
Entré.
Por fuera se veía enorme… Por dentro era diverso. Frente a la entrada había una fuente con ángeles esculpidos, sacando agua de sus bocas; ésta servía como punto de referencia, porque podías perderte. Lo sé, ya me ha sucedido. El centro comercial se dividía en alimentos, juguetes, accesorios, zapatos: femeninos y masculinos, ropa: femeninos y masculinos, etcétera.
Un montón de tiendas con letreros luminosos que te llamaban a entrar.
En esos momentos, el único alimento que pasaba por mi cabeza era un helado. Un enorme y dulce helado de chocolate. Me lamí los labios al imaginármelo, y se me hizo agua la boca.
Rápidamente, busqué en el mapa junto a la fuente, dónde podía encontrar una heladería. En el área sur, próximo a una salida, estaban dieciséis puestos de helados. El número se me hubiera hecho excesivo si en ese momento lo hubiera reflexionado, pero cuando llegué al lugar, vi las gigantescas filas para comprar un helado.
Cientos de almas formadas que tuvieron la misma idea que yo de comer un helado. Bufé por lo bajo. No podía ya irme a otro puesto donde vendieran cualquier cosa, no, el sabor del helado y su aroma dulzón flotaba en el aire y hacía que quisiera uno.
Por mi mente se cruzó una brillante idea. Buscaría el lugar donde la fila fuera menos larga. Sonreí. Tardé veinte minutos en encontrarla, pero lo hice. La fila se movía con mucha velocidad, veía como almas se iban alegres mientras comían su helado en mi cara, burlándose de mi hambre. Rodé los ojos. Mis pensamientos eran cada vez más ridículos.
Atrás de mí todavía había fila. Cinco o más personas. Frente a mí sólo un par de señoras más, y por fin tendría mi helado. Sonreí, cuando a la viejita delante de mí le toco ordenar.
- Quiero uno de frambuesa –Ordenó. El chico que atendía se dirigió al extremo donde se encontraba ese sabor-. No, joven. Mejor de cereza –Pidió de nuevo. Así se llevó diez minutos entre esos dos sabores.
Comencé a chasquear mis dedos, desesperada. La gente de atrás gritaba por que la señora se fuera, pero esta era medio sorda. Gruñí por lo bajo y me acerqué con amabilidad –y cara psicópata- a la señora.
- ¡Pida ya de una vez, por favor!
Los ojos celestes y dulces de la viejita se fijaron en mí. Me dio una sonrisa y ordenó de piña. ¡Piña! ¡Piña! Estuvo más de media hora, indecisa por el sabor frambuesa y cereza, y al final, ¿qué ordena? ¡Piña!
Juró que si la señora no estuviera entrada en años, la hubiera golpeado o en el menor de los casos, hecho un berrinche.
Sonreí de oreja a oreja cuando fue mi turno. El chico me sonrió coqueto. Nunca me habían coqueteado, y él lo estaba haciendo. ¡Me guiñó un ojo! Desvié la vista y el chico me entregó mi helado; cuando lo iba a pagar, dijo que la casa invitaba. Le agradecí con una tímida sonrisa y me fui. Me fui con mi helado de chocolate.
Me senté en una banca cerca de ahí. Saboreando mí helado lentamente. Moviendo mi lengua de arriba abajo, de un lado a otro. Varios ojos me veían curiosos y extrañados. No sabía por qué. Sólo estaba comiendo mi helado y soltando pequeños gemidos; gemidos producidos por el delicioso helado.
Estaba satisfecha y llena de helado. Pero aún me quedaba un tercio de éste. Suspiré.
- ¿Bella? –Me giré a donde me habían llamado y vi a Alice.
Alice Brandon, mi compañera. Sonreía con un aire de entusiasmo mientras cargaba más de treinta bolsas de distintos tamaños. Le hice espacio en la banca y ella, cansada, se sentó.
- ¿Por qué compraste tanto? –Pregunté.
Ella rió. Su risa era contagiosa. No era muy melodiosa ni muy fina, sino más bien graciosa y pegadiza que se te antojaba reírte con ella. No la había escuchado reía a carcajadas, nunca, su risa era más bien, sutil sin llamar la atención; aunque teniendo una risa así, dudo que lo consiguiera.
- Es sólo el calentamiento –Respondió, sonriéndome.
- ¿Calentamiento? ¿De dónde sacas tanto dinero?
Estaba confundida. Dudaba que con tan sólo cincuenta dólares ella pudiera comprar más de treinta bolsas. Aunque era posible si comprabas en la tienda adecuada, pero ¿no querrías comprar otras cosas más indispensables en la semana? Alice era todo un caso.
- Sí, mañana vendré… Por cierto, ten cuidado al salir del centro comercial, hay muchos charquillos –Dijo, con un guiño-. El dinero no es problema. Trabajo de medio tiempo en la tienda de discos que está aquí. Pagan treinta dólares al día.
Un empleo. Debía conseguir uno de esos. Uno donde pagaran bien, pero que a la vez pudiera hacer y me gustará. Suspiré. A partir del día siguiente, buscaría empleo.
Alice sonrió en mi dirección y me dio un pequeño abrazo que me tomó desprevenida. Rodeé su cuello y ella rió.
Cuando nos separamos la miré con atención. Su semblante feliz, había sido sustituido por uno triste y sombrío.
- ¿Te sientes bien?
Ella me miró con sus ojos, vacíos y sin ningún brillo. Me asusté. Sus ojos eran vivaces y llenos de alegría. Pasé un brazo por su cuello, en un semi abrazo. Alice recargó su cabeza en mi hombro y suspiró profundamente.
- Edward ya te contó cómo murió. Quiero hacerlo yo –Asentí lentamente, consciente de que ella no podía verme, pero si sentir el movimiento-. Era mi noche de graduación. Soy una adicta a la moda, por lo que mi vestido, zapatos y accesorios fueron lo máximo esa noche. No era muy provocador. Extravagante, sería la palabra –Rió con amargura. Esa risa. Como la de Edward cuando me contó su triste final-. No lo vi venir… -Susurró-. Llovió con fuerza. No traía auto, por lo que mi amiga Dana, era la conductora designada. Llevaba unos tragos de más, y me ofrecí a conducir, pero no quiso y accedí a que ella condujera –Suspiró-. La lluvia golpeaba con violencia el parabrisas, haciendo imposible ver. Los limpiaparabrisas no hacían nada más que ensuciar.
Sollozó. No veía el rumbo de la historia. ¿Había muerto en un accidente de coche? Así parecía.
- Nos detuvimos en una estación de gasolina. No la necesitábamos, pero ahí había un pequeño café –Tembló ligeramente-. Unos hombres nos miraban desde que entramos, con la ropa empapada y pegada al cuerpo –Oh-. Ordenamos unas tazas de chocolate caliente. Los hombres no nos dejaban de ver. Eran más de seis, y lucían rudos. Temí por nuestra seguridad –Susurró, con miedo-. Salieron minutos antes que nosotras, y pensando que el peligro había pasado, pagamos la cuenta y salimos del café. El viejo auto de Dana no estaba. Los hombres nos encontraron y a la fuerza, nos arrastraron hacia un callejón –Sollozó. Pensé que tendrían un accidente de auto, por cómo iba la historia, pero ahora, ya era otra cosa-. No creo que quieras escuchar lo que me… Nos hicieron –Me dio una pequeña sonrisa, muy pequeña-. Llevaba un día después de aquel suceso… Aquel terrible suceso.
Mi helado escurría por mis manos. Sentía como mi piel quedaba pegajosa. El cono lo había presionado de más y se había roto en mi mano. El helado de chocolate y su olor dulzón se habían impregnado ya en mí. No podía mover a Alice para ir al baño a limpiarme. No sería correcto. Ella se estaba abriendo conmigo, contándome una anécdota tan triste y dolorosa para ella. No debía ser fácil. Soportaría el helado escurriendo y que las moscas y abejas me persiguieran. Lo haría por la enana de Alice.
- Me vi cortándome las venas –Continuó. Respingue ante su voz-. Me sentía sucia, usada e impura. Basura –Su tono era de pena y dolor. Me partió el corazón-. Espere a que mi casa se vaciara, a que todos se fueran. No le dije a nadie de que yo había sido… -Me empezaba a doler el pecho y se me dificultaba respirar. Era una sensación de asfixia-. Me encerré en el baño… Y-y… -Sollozó-. Me corté las venas. Dolió. La sangre corría por los azulejos del baño y estaba asustada. Intenté parar la sangre, pero ya era muy tarde…
Entonces, así había muerto. En un arranque de… ¿Qué había sido? ¿Furia o vergüenza? La abracé con más fuerza.
Ese oscuro pasado no la atormentaría más. Yo, Bella Swan, no lo permitiría.
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