domingo, 3 de octubre de 2010

Did I Die? -Capítulo 3

Disclaimer: Los personajes pertenecen a Meyer y su casa editora. Yo sólo juego con los personajes y creo esta rara historia.


Did I die?

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- ¿A dónde vamos? –Le pregunté a Edward.


Luego de que me contará acerca de su… Bueno, trágica muerte, llevábamos unos cuantos minutos dentro de esa habitación. No habíamos dicho mucho, porque parecía que las palabras sobraban entre nosotros. Le sonreí y él me regresó la sonrisa.


Edward Cullen de verdad era muy guapo. Era alto, y bastante, me llevaba dos cabezas. Poseía unos felinos ojos verdes, que a su vez eran similares a las esmeraldas; de ahora en adelante, las esmeraldas serían mi gema predilecta. Había mencionado ya sus cabellos, de un tono rojizo, extraño, porque no era pelirrojo, y estos eran semi largos, y muy alborotados. También, además de sus extraños ojos y cabello, había otra cosa que lo hacía ser singular: su sonrisa. Torciendo la boca de lado izquierdo, haciendo que su mejilla de ese lado se arrugara graciosamente.


Sin duda, en su vida humana había sido todo un rompecorazones.


Él se encogió de hombros, ante mi pregunta anterior.


- No me importa –Contestó-. Mientras que podamos seguir conversando… -Desvió la mirada, avergonzado. Si todavía poseyéramos sangre, estaba segura que sus mejillas se hubieran coloreado en ese instante.


Sonreí.


Le tendí la mano, en gesto de amistad. ¿Qué? Había dicho que estaba guapo, que era prácticamente un Adonis, pero no dije que me gustara. No era mi tipo. Era como mi mejor amigo en el cual podía confiar. Era sólo eso. Edward cogió mi mano y entrelazó nuestros dedos, sonriendo.


Me sentí mal, porque tal vez él pensara cosas que no eran… Yo no tendría el valor de decirle que sólo quiero su amistad, me partiría el alma verlo triste por mi causa, porque de verdad me agradaba. Suspiré y su mejilla se extendió más, haciendo que sus blancos y perfectos dientes se vieran.


Salimos del salón.


Ambos abrimos los ojos desmesuradamente cuando vimos varias almas en el pasillo. Cuando llegué, ni un alma estaba por estos lugares, ¿y ahora? ¡Parecía que había millones de estas!


Todas con atuendos coloridos, que iban desde un deprimente negro, como yo solía vestirme, hasta un alegre amarillo. Miré mi ropa. El elegante vestido blanco, había sido sustituido por unos pantalones de mezclilla desgastados, una blusa de ''The Rasmus'' negra y con las letras rojas, y mis adorados Converses negros. Sí, idéntica a mi ropa de la antigua vida, o cuando yo vivía.


Me volteé a Edward. ¡Se veía muy… guapo! Traía unos pantalones como los míos, una camiseta azul –por cierto, ese color le favorecía- con botones blancos y unos zapatos negros. Casualmente elegante. Como él. Iba desfajado, informal, con las manos en su bolsillo, sin ninguna pose, pero todos los que pasaban a nuestro lado se le quedaban viendo como si fuera un modelo famoso. Él no le tomó importancia, aunque yo aún estaba impresionada. Se veía muy… Sexy.


- Cierra la boca, Bella –Dijo, entre risas.


Reí con él.


- Es que… -Dije entre dientes-. Te veías tan santurrón con esa ropa sosa blanca que tenías allá adentro… Y ahora –Silbé por lo bajo, Edward rió de nuevo, sólo que ahora, avergonzado.


- Pues tú también tenías una imagen puritana, Bella –Contraatacó-. Mírate ahora… ¡Toda una darketa!


Lo miré mal. Siempre confundían mi estilo con el de los Darks, pero no era verdad. Mi estilo era único, creado por mí misma. Porque aunque ellos habían sido una inspiración para alguna de mis tantas formas de vestirme, yo tenía una personalidad diferente que a la de ellos. Yo era diferente. Parecía que no estaba en onda con nadie… Ni siquiera con Charlie. Punto. Con nadie encajaba.


- Edward, por favor –Pedí-. No arruines la impresión positiva que tenía acerca de ti, ¿sí?


Edward sonrió cálidamente y me pasó un brazo por los hombros. Partimos a nuestras habitaciones. Yo tenía pésima memoria, aunque esta vez parecía saber a dónde tenía que ir. Antes de dar vuelta en un pasillo, oímos algunas voces.


- ¿¡Cómo qué las habitaciones están conectadas!? –Rugió una voz. Una voz que conocía como la de la rubia tonta, Rosalie Hale.


Dimos la vuelta, y efectivamente, ahí estaba ella. Pero no estaba sola. No, claro que no. Su hermano Jasper estaba ahí, también Emmett y Alice. Todos lo de la habitación blanca. ¡Incluso Victoria! Parecía que discutían acerca de las habitaciones. Edward y yo nos acercamos, silenciosos, hasta ellos. Rosalie seguía discutiendo y exponiendo su punto de vista, pero Victoria tenía cara de no ceder. La rubia tonta me fulminó con la mirada.


- ¿Cuál es el problema? –Preguntó, Edward a Victoria.


Vicky sonrió.


- Verás, la señorita Rosalie…


- ¡Señorita Hale! –Rebatió, la aludida.


La pelirroja suspiró.


- La señorita Hale se niega a que su habitación este conectada con la de ustedes, sus compañeros.


Bufé. ¿Qué tenía eso de malo? Podíamos organizar pijamadas, conocernos mejor… De pronto me entristecí. Nunca antes me habían invitado a una pijamada, siempre me habían excluido de todo. Semanas atrás, antes de mi accidente, se realizó una pijamada. Todas las chicas de nuestra generación fueron invitadas, claro, con excepción de mí. No era marginada. No, esto iba más allá de los maltratos psicológicos y físicos. Hubiera estado agradecida si por lo menos alguien e hubiera golpeado o insultado… Pero, no. Pasaban de mí. Como si fuera invisible, como si fuera un fantasma. Ahora que era uno, parecía que los papeles se habían invertido, porque muchas personas me veían, además de que también tenía a Edward.


Ese último pensamiento fue reconfortante.


Mientras yo me perdía en mis cavilaciones, Victoria intentaba persuadir a Rosalie de que dejara de quejarse y aceptara de una buena vez la habitación.


- Escuchen –Los llamé. Todos me miraron con curiosidad. Me cohibí-. Sometámoslo a votación.


La pelirroja asintió y habló de nuevo.


- Los que estén de acuerdo con que las habitaciones estén conectadas, levanten sus manos –Edward, Alice, Emmett y yo levantamos las manos. Victoria lo hubiera hecho igual si Rosalie no la hubiera mirado feo-. Entonces es oficial, señorita Hale. No puedo hacer nada.


Y volvió a desaparecer.


Rosalie comenzó a hacer una rabieta. Su pobre gemelo, Jasper, intentaba tranquilizarla, pero ella sólo se alteraba más y más. Reí entre dientes, y un burlón Edward me acompañó.


- ¡Cuidado, princesita! –Rosalie me dio una mirada furiosa-. ¡No te vayan a salir arrugas de tanto que frunces el ceño! –Reí.


Edward y yo reímos más fuerte, cuando se tocó la frente buscando alguna arruga. Chocamos palmas y entramos a la habitación. Era la mía. Mis ojos se hubieran llenado de lágrimas de nostalgia, era igual al que tenía cuando vivía en la casa de Charlie. Las paredes del descolorido azul marino, el cobertor deslavado de color negro, mi escritorio, mi mesita de noche, mi lámpara de Cenicienta… Todo igual.


Sólo había una diferencia. Había otras cinco puertas más, sin incluir por la que recién entraba. Tenían los nombres de mis compañeros: de derecha a izquierda, Rosalie, Jasper, Alice, Emmett y Edward. Suspiré.


Me conformaba con que el parecido fuera enorme.


- ¡Vaya! –Exclamó, de repente, Edward-. Tiene un excelente decorado…


Sonreí.


- Me recuerda a mi habitación… -Caminé al pequeño escritorio, en el lado inferior izquierdo, con una letra desordenada de cuando era pequeña, había garabateado ''Bella''. Solté un gritito, cuando vi que ahí estaba, con pluma roja-. ¡Pero si es igual a mi habitación!


Edward se rió de mí.


- Iré a ver la mía… -Dudó y desvió la mirada-. ¿Me acompañas?


Asentí y cruzamos la puerta que decía ''Edward''. Edward sonrió. Las paredes eran de color beige, la cama tenía un cobertor dorado, y sólo una almohada. Una lámpara de noche y un escritorio de segunda mano. Aunque era muy modesta la habitación, había algo que llamaba mucho la atención. A un costado tenía una gran hilera de CD s, y un precioso mini componente negro. Pero eso no era lo que realmente llamaba mucho mi atención. Un piano de cola negro, brillante, estaba casi a mitad de la habitación.


- ¿Tocas el piano? –Pregunté, sorprendida. Él me sonrió con calidez. Tomó mi mano y me sentó en el banquillo frente al piano, sentándose él a mi lado.


Empezó lentamente tocando. No conocía esa pieza de piano, y eso que yo era una experta en ese tema. Sus dedos revolotearon por todas las teclas, de derecha a izquierda sus manos se movían con una agilidad increíble, parecían casi invisibles. Suspiré. Edward era todo un sueño de chico, casi un príncipe azul… Pero, él seguía sin ser mi tipo. Vi como su mejilla izquierda se estiraba, mientras sonreía, para luego, concluir con la pieza en un tono dulce.


Estallé en aplausos y lo abracé.


- ¡Wow, Edward! –Sonreí-. ¡Eres maravilloso con el piano!


- Mi abuelo me enseñó todo lo que sé…


- Tu abuelo debió ser un gran pianista… -Murmuré, pensativa.


Él sonrió con tristeza.


- Murió cuando tenía quince años… -Entonces era reciente.


Sin embargo, al notar mi preocupación, sonrió como si nada y continuamos conversando. Ambos teníamos un pasado, pero era momento de ver hacia el futuro y dejar de lamentarse por lo que fue… Eso estaría bien. Eso es lo que haríamos.

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