Disclaimer: Los personajes pertenecen a Meyer y su casa editora. Yo sólo juego con los personajes y creo esta rara historia.Did I die?
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Oí exclamaciones de horror por parte de la rubia y el fortachón. Pero sólo eso. Ninguno de los demás hizo algún ruido. Yo por mi parte, esperaba que solo fuera un sueño… Corrección, una pesadilla.
Yo nunca he sido una persona con suerte.
Me pellizqué el brazo. Después de eso, seguí despierta. Iba a bofetearme cuando Victoria me agarró la mano. Con una dulce sonrisa, habló.
- Sé que les parecerá extraño… Al principio –Solté mi mano de su agarre y ella flotó de nuevo al estrado-. Murieron trágicamente a la edad de diecisiete años, ¿triste? Sí, mucho. Pero, están aquí para cumplir con su deber espiritual…
Levanté mi mano. Victoria me miró y luego, mientras asentía, suspiró. Creo que ya estaba acostumbrada a que la interrumpieran durante su monologo.
- Mire, Victoria… -La señalé con el dedo.
- Creí que habías dicho que era de mala educación apuntar a las personas…
- Sí, pero no aplica al que lo dijo, o sea, yo –Repliqué, rápidamente-. También es de mala educación interrumpir cuando hablan –Ella me dio una sonrisa paciente, pero el chico de cabellos exóticos, ¿cuál era su nombre? Ed… Algo, se rió burlonamente-. Y tú –Lo miré mal-. Mejor cállate, si no quieres que mi puño te destroce la cara, niño bonito –Advertí-. Ahora, ¿qué es eso del deber espiritual y todo el rollo ese que acaba de echar? –A veces, podía ser muy inmadura, pero nadie estaba en mi infancia para decirme lo que era y lo que no infantil-. Tengo un promedio pasable… No sobresaliente ni nada por el estilo… No soy una genio, así que… O se explica mejor, o me temo que estaré interrumpiéndola a cada rato… -Ella iba a decir algo, pero me adelanté-. Y no, ya le dije, no se aplica para mí… Yo lo dije.
Ella soltó una pequeña risita. Algo como el repicar de campanas con una corriente muy fuerte. Una combinación muy rara entre el soprano y la mía.
- Está bien, Bella. Jugaremos con sus reglas –Sonreí-. Tendrán el deber de ayudarme a mí –Se señaló con el pulgar y una radiante sonrisa-. A todo lo que yo diga –Iba a replicar de nuevo, pero el de cabellos exóticos, se me adelantó.
- ¿Qué? ¿Estás bromeando, verdad? –Victoria, bajó la mano y le sonrió-. ¡No puedes decirme… decirnos que hacer y que no!
Victoria parecía inalterable. Le daba igual lo que le echáramos en cara. Era como si ya hubiera pasado por esto muchas veces. Y se veía un poco anciana. Bueno, tal vez no como una abuelita, pero sí de unos cuarenta y tantos y cincuenta y pocos. Victoria figuraba una persona mayor, pero, ¿significaría que también estaba muerta? ¿Cuánto tiempo habría sido de su muerte? ¿Mucho o… reciente?
- Edward, silencio, por favor –Pidió. Mi acalorado compañero se sentó y cruzó sus brazos sobre su pecho-. Harán todo lo que yo digo… Porque, sencillamente, así está estipulado en el contrato de su muerte…
- ¿De qué diantres hablas? –Interrumpí, de nuevo-. ¡Yo no he firmado nada! Es más… Sólo morí y llegué aquí. No firmé ningún tonto contrato…
Muchos estuvieron de acuerdo conmigo, hasta la rubia hueca. Nadie había firmado un dichoso contrato. Victoria parecía que se iba a quedar con las mejillas estiradas de tanto que sonreía.
Chasqueó sus dedos de la mano derecha. Una nube de polvo apareció… Junto a una especie de pergamino. Era largo y de un color crema. Sonreí. Por lo menos no era blanco. Victoria rió.
- Ven, sus nombres están aquí –Señaló un punto en específico-. Y por lo visto, por poco y no quedas en nuestro grupo, Bella.
Resoplé.
- ¿A qué te refieres con eso, Vicky? –Ella hizo una extraña mueca cuando dije el diminutivo de su nombre.
Recordatorio: llamarla más seguido así.
- Es que… Moriste el doce de septiembre… -Sofoqué un grito.
Un día antes, el once de septiembre había sido mi accidente. Mi cumpleaños se celebraría, o lo celebraría el sábado trece de septiembre, el mismo día en que nací. Estaba segura que me intentaron estabilizar el día once y morí al día siguiente. Un día antes de mi cumpleaños dieciocho. ¡Qué trágico!
Las lágrimas que esperaba salieran de mis ojos, no lo hicieron. No tenía caso aguantar sin respirar más de dos horas, no moriría, porque, inevitablemente… Ya estaba muerta. Yo, o mi espíritu, era el que estaba en este salón de clase, mi cuerpo debía estar metros bajo tierra, y si contamos mi falta de suerte, tal vez estaría todavía en la morgue. Me dio pena imaginarme a Charlie ajeno a mi muerte. Pena, porque, de seguro no se enteraría hasta después de unos días que quisiera comida casera y cuando preguntara por mí en la escuela, para saber mi paradero, le informaran de mi estrepitosa muerte contra un parabrisas, mientras sufría de desangrado. Lo que sí me dolió, fue que el único motivo por el que Charlie me quería en la casa, era porque quería que alguien limpiara de esta y cocinara para él. No era más que su sirvienta personal.
Me levanté de mi asiento y floté al pergamino.
- Has un poco de memoria –Me dijo-. Recuerdas cuando estabas en el parabrisas… -Forcé un poco la memoria, pero la cabeza me dolía.
Mi nombre estaba ahí, junto a mi firma. Un garabato que identifiqué como: Bella Swan, como yo solía firmar. Venía el día y causa de mi muerte. Y nada más. No recodaba haber firmado ese contrato.
- ¿Cuándo…? –Aún tenía un nudo en la garganta por lo rápido que sucedió todo este caos-. ¿Cuándo yo… cuándo firmé esto?
Victoria dejó de sonreír.
- ¿Recuerdas cuándo estabas en el parabrisas? –Asentí, lentamente, conmocionada-. ¿Recuerdas que deseaste dos cosas? –Asentí. Claro que lo recordaba. Se me habían cumplido, al menos una. Había deseado no nacer, había deseado mi muerte-. Cuando deseaste morir, inmediatamente apareció tu firma en el pergamino… Igual que todos ustedes.
Regresé a mi lugar. Tenía ganas de salir. De decir ''era una broma, no hablaba enserio'', y que todo fuera como siempre. Abrir los ojos y ver mi antigua habitación azul, aunque las paredes casi no se veían por los pósters, ver un poco más de colorido que este blanco. Ver que todo es producto de mi mente y no de una realidad que no quería aceptar.
Una campanilla sonó fuera de la habitación. Victoria se encogió de hombros.
- Pueden retirarse a su habitación… -Indicó y tal como llegó, se esfumó.
Suspiré.
Aún tenía muchas dudas. Muchas preguntas que hacerle. ¿Cuándo volvería a verla?
Todos se levantaron, sin replicar, excepto yo.
Me había quedado petrificada en mi lugar.
¿Sería posible que yo misma hubiera buscado mi propia muerte? ¿Sería posible que firmara aquel contrato?
Aquí parecía que todo era así.
El chico de cabellos exóticos era el último que quedaba aquí, a excepción de mí.
- ¿Cómo moriste? –Preguntó de repente. Yo estaba dispuesta a salir por la puerta, y de la nada, habla.
- Me atropellaron, ¿cómo moriste tú?
- Me asaltaron en un callejón… -Murmuró, tenía la vista perdida al frente de la habitación. Parecía hipnotizado-. No tenía dinero… Y, yo no les servía para nada… -Sus ojos se veía tristes-. Intentaron secuestrarme, pero les dije que mi familia no contaba con los recursos suficientes –No sé por qué demonios lo hice, pero algo me impulsó a abrazar al chico que se veía tan vulnerable. Tan solo. Como yo-. Me golpearon durante horas… Hasta que me creyeron muerto, entonces, mientras sufría y agonizaba… Yo –Su voz se quebró. Pensé que lloraría-. Nadie me ayudo… Y, entonces, desperté aquí –Rió amargamente-. ¡Pensé que estaba en un hospital! Que alguien había sido amable conmigo y que me había ayudado… Pero la gente de ahora es tan egoísta.
Sollozó.
Y yo lo hice también.
Me dolía tanto ver a una persona así de vulnerable. Aunque al principio este chico me caía mal… Incluso, pensaba hacerle una jugarreta. Con esto, descubrí que era como yo, tenía un caparazón para evitar que le hicieran más daño. Que lo hicieran sufrir. Tenía que aparentar y dejar su lado frágil para después, porque no todos eran como yo, nadie se compadecería de él si lo veía en ese estado. Pasarían de él.
El me abrazó con fuerza y hundió su rostro en el hueco de mi cuello. Era un niño indefenso que necesitaba de alguien… Era como yo.
- Tú moriste de forma menos… Triste –Murmuró.
Reí con amargura, como él había hecho.
- Claro, que todos pasen de ti, mientras te estás muriendo en el parabrisas de un coche como mosca aplastada –Gruñí-. Y que vayan a ver la leve contusión que tiene el desgraciado conductor… ¡Sí, tienes razón! Fue muy feliz mi final –Agregué con mucho sarcasmo.
Él rió.
- Por cierto, soy Edward.
Sonreí. ¡Qué chico más raro!
- Bella… Creo que tenemos una clase juntos, ¿no?
Sonrió.
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