Disclaimer: Twilight es de S.M.
Chapter 3_TORPEZA_
BPOV
¡OMG! No puedo creerlo.
En Italia, solía tener posters de él y de repente aparece por la puerta de esta descolorida oficina.
Pero eso no es todo.
Siempre creí que cuando lo viera gritaría algo como: ''Por Dios, es Edward Cullen'' o ''Dame tu autógrafo'' y la favorita de Vera, ''Hazme tuya, Edward''
Lo que menos esperaba era el rubor en mis mejillas, un colapso nervioso y yo en el suelo, desmayada.
Debía pensar que era una tonta o peor, una desadaptada social.
Gemí mientras me levantaba. Sentía punzada fuertes en mis sienes. Lo que me faltaba, una jaqueca.
¡O no me quede ciega!
''Abre los ojos, tonta'' Susurro una voz monótona en mi cabeza.
Yo suelo visitar mucho los hospitales. Visito no visitaba. Nací con una torpeza innata.
Me caigo cuando camino, corro, arrastro, e incluso… ¡Después del sexo!
Casi siempre cuando terminamos, suelo caerme de donde estemos. Ya sea un coche, sofá o cama, ¡lo que sea!, termino en el suelo.
Gruñí, mientras me revolvía, intentando –inútilmente- quitarme estas sabanas blancas de hospital.
La puerta se abrió, dejándome ver a una chica bajita, cabellos negros apuntando en diferentes direcciones y una sincera sonrisa.
- Alice –Musité, inquieta-. ¡Demonios! ¿Qué hago en el hospital? .-Bramé, angustiada.
Aún de sobras sabía la respuesta: después de ver al pecado andante –alias Edward Cullen-me había desmayado.
Ella se puso nerviosa y comenzó a balbucear como tonta. Le di una mirada fulminante y calló.
Me sentía mal por haberla mirado así, pero cuando nos conocimos me dijo que seriamos las mejores amigas y sin embargo, ella trataba de embustearme saliéndose por la tangente y frases de: ''Que lindo esta el día. No todos los días sale el sol así en Forks''.
Me fije en su sincera sonrisa. Y luego note como traía entre manos un traste con algo de comida dentro. Olía bien. Mi estómago comenzó a gruñir en señal de hambre.
- ¿Qué traes ahí? –Inquirí con brusquedad. Ella sonrió picara.
- Tripas de pescado –Dijo con simpleza.
- ¿¡Qué!? –Grité. El holter, comenzó con un pitido frenético. Intente tranquilizarme, porque sino las enfermeras me inyectarían calmantes y quien sabe cuándo volvería a despertar.
Alice rió con fuerza, al borde de la histeria.
- ¡M-me la d-debías por mirarme a-así! –Habló entre risas.
Me enfurruñe en la cama del hospital y evite su mirada.
Ella tenía razón, yo la había mirado mal. Suspiré. Giré mi rostro para mirar sus ojos verde aguamarina; ella me veía con la curiosidad reflejada en ellos.
- Lo siento, Allie –Susurre, con las lágrimas amenazando salir por mis ojos.
Estas empezaron a correr por mi rostro con libertad, por más que intente retenerlas, terminaron saliendo por mis ojos y deslizándose por mis mejillas, hasta terminar en mi barbilla. Justo ahí, comenzaban de gotear de una en una, del tamaño de una moneda de 20 centavos. Solo que esas en vez de valer algo, eran cristalinas y no eran más que agua salada.
Mi amiga corrió a abrazarme. Paso sus bracitos alrededor de mi cuello y comenzó a mecerse de delante hacia atrás, intentando contener mis lamentos.
Luego de un rato, me di cuenta de que no lloraba por Alice, sino porque mis padres se irían a Italia y a mí me dejaría en Forks a mi suerte.
¿Dónde me alojaría? ¿En un motel?
¡Qué injusta es la vida!
Hace un par de días estaba en Italia feliz de la vida bebiendo un café. Y ahora, en la cama de un hospital, llorando como una magdalena y con mucha hambre.
Me separe con delicadeza de Alice. Mi llanto se había convertido en un sollozo atrapado en mi garganta que pronto dejarían de sonar.
Mire a Alice a los ojos con timidez.
- Te quiero, Alice. Eres la mejor amiga que… -Y ahí comenzó de nuevo el llanto descontrolado.
¿Cuánto tiempo estuve llorando como una ardida?
Posiblemente, tres horas.
El doctor Grandy me dio de alta. Alice fue muy dulce y me trajo ropa para cambiarme.
¿Mencione su buen sentido de la moda?
Escogió unos lindos pantalones de mezclilla hasta la rodilla. Una blusa de tres cuartos roja, con lentejuelas doradas con la palabra ¨HOT¨ a la altura de mis senos, ajustada; zapatos de piso rojos de charol con un moño negro pequeño.
Me sentía bonita.
Al salir por las puertas del hospital, me sentí como en una pasarela. Es decir, había fotógrafos por todos lados. Mi nueva mejor amiga me agarró de las manos y me arrastró –literalmente- al estacionamiento.
Abrí la boca como un pez cuando vi el auto que ella conducía.
- ¿E-es tuyo este Porsche? –Grité como histérica.
Ella sonrió ampliamente.
- Ajá, ¿no es una preciosidad? –Dijo mientras acariciaba de modo cariñoso el cofre-. Es mi bebé.
La mire raro.
- ¡Vamos! ¡Súbete, lenta! –Habló con entusiasmo, mientras saltaba dentro del coche.
Observé por unos segundos el auto, para luego subirme del lado del copiloto.
- ¡Vamos de compras! –Chilló, Alice, mientras pisaba el acelerador.
Íbamos a 150 kilómetros por hora. Mis uñas estaban encajadas en el asiento de cuero negro, mis dientes estaban fuertemente apretados y mis ojos abiertos de par en par, asustados.
Estaba asustada, lo admito, Alice conducía como una loca.
- ¡Baja la velocidad, A-Alice! –Grité, con temor.
Ella rió encantada.
En cuanto llegamos, ella me tomo la mano y corrió hacia la entrada del centro comercial. Abrí los ojos lo máximo de su capacidad mientras veía que Alice tenía ocho bolsas y recién salíamos de la primera tienda. Casi siempre estaba a punto de caerme, iba dando traspiés de vez en cuando; y es que si vas de compras con la pequeña chica, mejor lleva tenis y prepárate como si fueras a un maratón de veinte kilómetros.
Llegamos a la tienda que me dijo que más le gustaba –y a mí, para que negarlo- Victoria's Secret.
Un rubor se impuso en mi rostro cuando vi la lencería más atrevida que en mi vida había visto.
- ¡Mira este! –Chilló, mi amiga-. ¡Es perfecto para ti!
Era un blusón para dormir, que me llegaba solo para tapar lo necesario –en realidad no tapaba nada- negro de encaje, pero el 50% de este era transparente, por lo que se podía notar mi ropa interior o mi desnudez si no me la ponía para dormir.
El rubor de hace un rato se intensificó, la cara me ardía y estaba tan roja como un foquito de navidad.
- Alice… -Gemí con vergüenza-. No traigo dinero.
Ella me miró ofendida.
- Va a ser un regalo –Replicó, con el ceño fruncido.
Vi como Alice iba a la caja registradora a pagarlo, junto con el conjunto que ella había escogido.
- ¿Estás loca, Alice? –Le dije, preocupada-. ¡No necesito ese blusón! Además cuesta una fortuna.
Alice se giro para mirarme extraño. Aquel brillo de curiosidad reapareció en sus ojos. Me regalo aquella sonrisa sincera que siempre me daba y agito la cabeza, haciendo que sus cabellos se vieran graciosos.
- Sabía que te debía escoger como mejor amiga… -Susurro para más para sí misma que para mí-. Eres diferente…
Se quedó pensativa unos momentos. La mire con la curiosidad pintada en mi rostro estupefacto. ¿Ella creía que era diferente? ¿En qué? ¿Por qué soy italiana?
Estaba tan concentrada en mis cavilaciones que me asuste cuando comenzó a carcajearse. Corrió a abrazarme como en el hospital y como el primer día susurró a mi oído:
- Seremos las mejores amigas, Bella –Y luego, agregó-: No lo dudes.
Se separó y besó mi mejilla derecha, para luego ir a la caja a pagar.
De verdad Alice era una verdadera amiga.
- ¿Qué te parece si vamos por un helado, Swan? –Preguntó con una sonrisa.
- Claro… Err… -¿cuál era su apellido?
Caminamos al local de helados, Alice pidió uno de menta y yo uno de fresa.
El chico era muy guapo, rubio y… ¡Esperen! ¡Era el chico rubio que tenía una gemela!
- La casa invita –Habló con una sonrisa, mientras nos daba nuestros helados.
- Gracias, Jazz –Replicó, la chica de cabellos negros con una sonrisa.
Alice comenzó a saborear su helado –igual que yo- mientras yo la miraba inquisitivamente.
- Ya suéltalo, Bella –Dijo sin despegar la vista de su helado.
Sonreí de oreja a oreja.
- ¿Quién es? ¿De dónde lo conoces? ¿Te gusta? –Inquirí, sin pararme a respirar un poco. Así que al final tome una gran bocanada de aire, mientras con ansias esperaba la respuesta de Alice.
- Jasper Hale. Nos conocemos desde pequeños. No, no me gusta –La miré desilusionada por la última respuesta-. ¡Lo amo!
- ¡Ahh! –Chillé, mientras saltaba como loca, olvidándome del helado.
Ya había mencionado que no coordinaba muy bien mis pies. Bien, pues salte, me resbale y el helado, voló y voló hasta caerme en la cabeza.
Genial, este día no puede ir peor.
- ¿Alice? –Sonó una voz aterciopelada.
Me giré para encontrarme con el chico por el cual me había desmayado unas horas atrás. Exacto, Edward Cullen.
Ahora sí, el día no puede empeorar.
¿Por qué tenía que nacer con esta torpeza?
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