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viernes, 15 de julio de 2011
Avance: The Liar
Escrito por:
Annelice'KissLemon
Estaba en alguna parte de Texas. En un motel apenas visitado, junto a una exuberante morena. Me sonrió, mostrando sus blancos dientes, y después saludó con un apasionado beso. Ese era yo, Charles Cullen. Moví mi flequillo dorado lejos de mi rostro, para corresponder mejor el beso. La chica, cuyo nombre había olvidado o quizás nunca había conocido, se escapó de mis animadas manos; enredó su cuerpo entre la amarillenta sábana y se fue al baño.
Aproveché mis minutos en soledad para encender un cigarrillo. El humo inundó la estancia, y lo único que podía pensar era en lo relajante que era estar lejos del trabajo. Con el cigarrillo aún, me levanté para ponerme mi vieja playera, el pantalón gris de vestir y la chaqueta a juego. Sí, todo un Don Juan. Revisé mi apariencia en el espejo frente a la cama: el despeinado cabello rubio, a excepción de mi flequillo siempre en orden.
A mis veintiséis años, disfrutaba planamente mi vida. Guiñé un ojo a mi reflejo.
Unos fuertes golpes a la puerta me hicieron retroceder. Fruncí el ceño. La mujer salió del baño, con los ojos abiertos del susto. Entonces, sí había traído a la cama a una loca. Entre susurros, le reclamé:
— ¿Quién jodidos es?
Ella negó con la cabeza y dijo algo tan rápido que no le entendí. Gruñí y le hice señas para que se callara, pero para esos momentos, la puerta se abrió estruendosamente y un hombre en traje negro entró. Era calvo, feo y se veía que tenía dinero; en sus manos sostenía una pistola y la apuntaba en dirección. Vi su intención de disparar y corrí, zigzagueando. La morena gritó: ‘’Es mi esposo’’. ¡Putísima madre! Me iban a matar.
Les presento a mi nueva creación: Charles Cullen. Amalo, adoralo, pero es mío.
The Liar -La Roba Familias
Escrito por:
Annelice'KissLemon
Disclaimer: Los personajes no son míos, son de la señora Meyer. La trama es mía y esta inspirada de algún lugar. Haha, yo y mi mente retorcida.

The Liar
.
La Roba Familias
Sí, lo había conseguido. Y vaya que no fue fácil. Dos meses buscando información que pudiera usar a mi favor. Estafarlo parecía estar más lejos que nunca. Se veía como una mentira cuando descubrí a Anabelle. No estaba bien de mi parte utilizarla para conseguir techo y dinero. Sólo era momentáneo. Seguramente, antes de aquel suceso en la tienda, no creía en el destino.
Conseguí que unos amigos me dejaran quedarme en su departamento. Tanya seguía enviándome dinero a la semana, lo cual agradecía profundamente. Ese día, gracias a un volado y que me atraparon desprevenida, tuve que ir a la tienda. Contra mi voluntad, caminé ocho calles hasta el supermercado más cercano. ¡Horror! Mis pies estaban adoloridos. Lección: nunca camines ocho calles con zapatos de plataforma.
¡Todo por un six-pack de cervezas! Además de dudosa calidad.
Gruñí. Las cervezas costaban más de lo que esperaba. Tendría que poner de mi dinero. Luego se los cobraría o… Robaría. Sonreí maléficamente ante la idea de vengarme. No era una persona de corazón puro. La vida me había dado de golpes y quitado mi inocencia siendo una niña. Suspiré. Delante de mí había una enorme fila. Una señora que podría ser mi madre, pero mucho más guapa, hablaba con un señor rubio.
—Te lo digo, Anabelle sigue viva —Replicaba—. El terremoto no la mató.
La señora parpadeaba tres veces por segundo para asegurarse de no derramar lágrimas. Tan guapa y llena de sufrimiento, es Anabelle debería ser su h…
—Edward dice que encontrará a su prima —Dijo el hombre rubio—. Los Cullen tienen mucho dinero y todo este tiempo invertido dará frutos.
No necesité ser un genio para sumar dos más dos. Anabelle, Edward, Cullen. Sonreí de oreja a oreja. Me aseguré que ninguno de los dos me viera y fui hacia otra caja más vacía, mientras que mi mente tejía un plan maravilloso, que me libraría de deudas y demás. La moraleja: escucha conversaciones ajenas. Observé las cervezas. No las requería más.
Ahora me dirigía a una mansión a conocer a Esme. ¿Cómo supe de Esme? Hay que aprender a leer en las hemerotecas. Edward me veía de reojo, yo le sonreía, él apartaba la mirada y fingía ver otra cosa. Como la pelusa rosa de su traje negro. Su camioneta negra era impresionante. Casi una Hummer. Vaya lujos que se podían dar. Miré mi ropa, una blusa café y pantalones de mezclilla junto con zapatos de tres centímetros. No mucho. Y luego lo miré a él, su impecable traje negro, con una camiseta blanca abajo del saco y la corbata azul. Demasiado. Lo hacía verse mayor de lo que realmente era.
Aparcamos fuera de una casa color crema. No era tan grande como me lo esperaba. Yo imaginaba una mansión de tres pisos, con muchos balcones, enormes jardines… Lo típico de personas ricas. ¡Esa casa no era así! Simplemente dos pisos y un pequeño jardín. Nada más, nada menos. Suspiré. ¿De verdad eran ricos? Tuve que recordarme con quién estaba y en donde.
— ¿La abuela? —Pregunté, esperando que mi acento no lo alertara—. ¿Está dentro?
Me vi atrapada por sus inquisidores ojos esmeralda en cuanto me giré. Examinaban cada poro de mi piel, como si no creyera aún que yo era Anabelle. En teoría, no lo era, sólo que eso, él no lo sabía. Sonreí nerviosamente, al momento que abría la puerta y bajaba de ahí a toda velocidad. Enseguida, lo tenía a mi lado. Suspiré, exasperada. ¿Sería mi sombra? Esperaba que no. Tendría que aprender a confiar en mí.
Tocamos la puerta. Sentía como me miraba aún. Me ponía más nerviosa. ¿Debía decirle algo… a Esme? ¿Qué sería? ''Hola, abuela. Soy tu nieta perdida. Sí, esa que pensabas que estaba muerta. Pero no lo estoy. Resulta que…'' Los pensamientos poco coherentes, fueron interrumpidos por un grito. Levanté mi vista, que hasta ese momento había permanecido en mis pies, y me encontré con la simpática mujer del supermercado. De cerca, podía ver que sus ojos eran azules… O zafiro. Sonreí.
— ¿Hola?
Aquel saludo pasaría a la historia como el más tonto. Lo aseguro. Soltó una risita y miró de Edward a mí.
— ¡Ya era momento! —Sonreía de oreja a oreja—. Por fin has conseguido otra novia.
Sentí caliente mi rostro. ¡Oh, no! No te sonrojes, por favor. Desvié mi mirada hacia mi 'primo', en busca de ayuda. Él sonrió de lado, pero sus ojos se veían muy tristes. Secretamente, me pregunté si algo le había sucedido. Ya se lo preguntaría en otro momento. Hizo un ademán para que entráramos. Seguimos a la señora hasta la sala de estar, donde nos acomodamos en los sillones de color beige.
Los ojos zafiro me taladraban, esperando a que alguno de los dos hablara.
— Tía Alice… —Edward soltó el aire que no sabía que había estado conteniendo—. Ella es… A…
Parecía que tenía dificultades para decir 'Anabelle'. Casi me reí. Casi. A pesar de querer quitarle dinero a esa familia, conservaba mis modales. Una persona civilizada que mantendría su risa bajo control. Sí, nada de reírse… ¡Al diablo con eso! Mis carcajadas no pudieron ser evitadas. Parecía una loca. Me llevé las manos a mi boca, intentando sofocar la risa. Fue imposible. La tía Alice me veía como si tuviera una extremidad de más, y ni que decir de Edward.
Tuvieron que pasar más de cinco minutos para poder recuperarme del ataque. Fue una crueldad de mi parte, pero no pudo ser evitado. Me aclaré la garganta y me dirigí a la mujer que estaba frente a mí.
— Señora, soy Anabelle… —Mascullé—. Resulta impresionante, lo sé. Aún no puedo creer que…
Los brazos de ella ya estaban en mi cuello. Me costó respirar un poco, y cuando lo hice, olí su champú de frutas. Su corto cabello me hacía cosquillas, sólo que esta vez pude controlar mi risa. Sentí algo tibio deslizarse por mi espalda, algo… Después me di cuenta que estaba llorando, el primer sollozo me lo alertó. Entre en pánico. ¿Estaba llorando? Regresé a ese día en el supermercado. Lo cerca que estaba de llorar. Cuando sentí sus lágrimas, quedé paralizada.
Edward leyó la alarma en mis ojos. Con muchísima delicadeza, la apartó de mí. El color de sus orbes resaltó más con el rojo a su alrededor. Exhalé, saliendo de mi asombro. Ella se comenzó a disculpar, entre balbuceos, pero murmure rápidamente que no era necesario. Secó los restos de lágrimas.
— ¡Oh, mi Dios! —Exclamó—. Todo éste tiempo… ¿Dónde te habías metido, Anne?
Busqué en mi mente algo, improvisar esto. Yo tenía la respuesta. Había pasado horas pensando en posibles preguntas. Y, por una extraña razón, luego de verla llorar, no tenía idea de lo que hacía allí. Dije algo, y la tía Alice asintió. Vi de reojo a Edward como pensaba en algo, antes de que pudiera formular su pregunta, el hombre rubio que la acompañaba ese día, entró.
— ¿Quién es? —Preguntó con voz fría. Evité estremecerme.
La tía Alice se levantó rápidamente, con una sonrisa.
— Es Anabelle… ¡Señor Whitlock! ¡Es Anabelle!
Esa mirada inquisidora de Edward, se instaló en la cara del señor. Frunció el ceño.
— Ella no es Anabelle.
No respingué, a pesar de que me tomó con la guardia baja. Actué normal y esperé a que Edward saliera en mi defensa. No tardó en hacerlo.
—Claro que sí. Véala. Idéntica a Anabelle.
—No, el cabello y la simetría de… —Se interrumpió—. Hay una forma de saberlo.
Se acercó hasta mí, sin apartar sus ojos de los míos. Oí las replicas de la tía Alice, pero él hizo caso omiso. Mi cabello que estaba casualmente despeinado, fue movió hacia un lado, mostrando mi tatuaje de luna. Frunció más el ceño. Las manos comenzaron a temblarme, nerviosa. ¿Qué buscaba? ¿Una marca de nacimiento? Volvió a dejar mi cabello en su lugar, no muy convencido.
— ¿Y ese tatuaje?
No me extrañó la pregunta, si no que Edward la hiciera.
—Tuve una adolescencia... Difícil y libre —Respondí—. Eso representa la luna: todos los días para mí, fueron como la noche. Vacía. Sin nada.
Apreté los labios para evitar seguir contando mi vida. Sí, la muerte de mis padres me había marcado. Solamente deseaba, que en esos momentos no comenzara a llorar. Concentré mi atención a mi regazo. Costaba trabajo reprimir las lágrimas, y estaba haciendo un gran trabajo. Oí como unos pisadas se retiraban, me imaginé al señor, y luego un cuerpo que caía en uno de los sillones.
—No me lo puedo imaginar —Dijo con voz triste, la mujer de cuarenta años—. Lo siento tanto…
No dije nada. Callada me veía mejor. Forcé una sonrisa y enfrenté a las personas. Me sorprendió que el señor me siguiera viendo así, tan… Como si fuera un sospechoso de un crimen. Suspiré y, por rarísimo que parezca, sonrió. Una sonrisa, ¿amigable? ¡Mis polainas! Parecía más un tic y era medio extraño, medio terrorífico.
—Mi opinión aquí sale sobrando —Calmado. Oh…—. Sólo cuenta la de la señora Esme.
Y no sé porqué, sus palabras fueron como una entrada. Los tranquilos y suaves pasos resonaron por las escaleras. Tragué en seco. Era un momento decisivo, de la opinión de mi 'abuela' dependía si seguía adelante o me iba a la cárcel por intentar timar a una familia. Nunca fui de las personas que sudaban, nunca, pero siempre hay una primera vez. Por fin los pasos se escucharon más cerca. Una silueta se deslizó dentro de la estancia.
La mujer en cuestión era, ¿cómo decirlo? La mayoría de edad se le veía por todos lados. Su piel arrugada y pálida como la de Edward y los ojos color entre verde y azul; el cabello era más blanco y con algunos destellos de lo que antes fue una cabellera castaña. Abrió los ojos sorprendida, cuando notó mi presencia. Yo estaba muda. El aspecto de la abuela era de una mujer frágil que con un simple soplo de viento, se derrumbaría. Intenté sonreír.
— ¿Esa es…? —Se cortó a media frase. Frunció los labios. Aquella voz iba de acuerdo a su aspecto: sabia y a la vez frágil.
Me mordí mi labio inferior.
—Correcto: ella es Anabelle —Intervino el señor—. O al menos, eso dice ella.
Meditó un par de minutos antes de volver a hablar.
— ¿Comprobaste la marca?
El señor rubio asintió—. Tiene un tatuaje. No sé si de verdad esté.
Suspiró. Cerró los ojos un momento y una dulce sonrisa se posó en sus labios. Cuando abrió los ojos, avanzó hacia a mí y me rodeó con sus brazos. Esperaba unas palabras de bienvenida, pero ella se limitó a sostenerme. En algún momento, también la abracé. Quizás fue que debía a fingir, o que su abrazo era cariñoso y maternal, que me hacía falta algo de ello. Un extraño pensamiento invadió mi mente.
''Lo siento, Anabelle, pero esta familia ya es mía''
miércoles, 23 de marzo de 2011
The Liar -Anabelle Cullen
Escrito por:
Annelice'KissLemon
Disclaimer: Los personajes no son míos, son de la señora Meyer. La trama es mía y esta inspirada de algún lugar. Haha, yo y mi mente retorcida.
Pasé una mano por mi cabello, en el momento en que soltaba un suspiro de cansancio. El presidente de la empresa me miraba con expectación, esperando mi respuesta. Parpadeé confundido. ¿Había dicho algo? Me sumía tanto en mis pensamientos que me costaba prestar atención; últimamente más. Repitió la pregunta, dispersando mis dudas. Sus labios estaban fruncidos, seguramente, estaba molesto conmigo, de nuevo. Bufé por lo bajo y respondí con a voz más alta y clara posible.
Los inversionistas me miraron con la boca abierta. A pesar de solo contar con veintitrés años, yo era vicepresidente de una importante compañía de videojuegos. En la preparatoria solían llamarme ''cerebrito'', bromeando de mis perfectas calificaciones. Tenía seguramente muchos amigos porque era el inteligente de la clase y el que pasaba los trabajos. Mi personalidad no era lo que se decía 'sociable', ni mucho menos agradable. Había demasiadas cosas de las que ocuparme y no tenía tiempo de hacer amigos.
Concluí todo con una gran –falsa– sonrisa, y todos aplaudieron, sumamente complacidos. Desde que había llegado a la empresa, su venta y producción habían ido en aumento. Gracias a mí, y a mi gran cerebro, no se habían ido a la banca rota. Aunque ahora cargaba un peso mayor en mis hombros, era feliz y no me faltaba nada en la vida. O al menos, siempre había creído eso.
Todo era tan fácil y monótono que a veces sentía que la única, verdadera acción estaba cuando la fotocopiadora se tragaba el papel. ¿Triste? ¿Aburrido? Ustedes escojan el adjetivo que más se acerca a mi vida. Nunca será emocionante ni mucho menos lleno de vida. No. Así era mi vida y no tenía porque ir en contra de lo que era. Llevaba comida a mi mesa, tenía un techo y me podía dar lujos que muchos no. Simplemente no era tan deprimente como parecía.
—Edward —Llamó el jefe, James, una vez que los futuros inversionistas se marcharan.
Levanté a vista de mis papeles. Sonreí de manera irónica, haciendo una seña de que se acercara a mí.
— ¿Qué pasa? —Inquirí, burlón—. ¿Otra vez necesitas mi ayuda?
Él era el jefe de la empresa, pero siempre parecía que era yo. Todo el tiempo estaba detrás de mí, pidiéndome ayuda. Sus ojos reflejaron su enojo, la humillación de saberse inferior a mí. James era lo suficientemente arrogante y embustero para decirle a todo el mundo que él era el genio y líder absoluto e la compañía, mientras yo había estado rogándole por el empleo. No me molestaba en desmentir, no tenía caso. La verdad, es que poco me importaba lo que las personas pensaran y dijeran de mí, con tal de que hicieran bien su trabajo, podían susurrar tras mis espaladas, o frente a mis narices.
—Sí —Suspiró, rindiéndose. Se sentó frente a mí—. Necesito que me ayudes con los presupuestos del nuevo videojuego —Su voz tembló cuando pronunció la siguiente frase—. Y presiona a Ángela con el gráfico. El comercial y el original.
No era secreto ni para mí, ni para nadie que a James le gustaba Ángela. Sólo que para su mala suerte, ésta no le daba la hora y su corazón pertenecía a nuestro jefe en sonido, Ben. El jefe, al ser un hombre acostumbrado a tener lo que quiere, había intentado despedir al dueño del corazón de su amada; es donde entré yo, persuadiéndolo que no le quitara su puesto. ¿Dónde encontraríamos a alguien mejor que él? Nuestra empresa sólo tenía lo mejor de lo mejor.
Algo que realmente odiaba, era que las personas dejaran de pensar en su propio bien para preocuparse por la persona que amaban. Lo odio. Perdían su individualidad y empezaban a hacerse dependientes de la otra persona. Era peor que las drogas o el alcohol. Asentí, obedeciendo la orden. James me sonrió y se marchó de la sala. Rápidamente me levante y fui al sofá más cómodo. Me desparramé por completo.
Había estado trabajando horas corridas diariamente. La migraña que llegó hace tres días, no se marchaba; los músculos tensos, y mi rostro estaba horrible, en especial con la barba de días. Mis oídos zumbaban. Entonces recordé, que en lugar de quejarme, tenía cosas que hacer. Gemí y tiré de mis cabellos, llevándome algunos entre los dedos. Busqué a Ángela en su oficina, pero no se encontraba ahí. Ben me informó que tuvo una emergencia y se había retirado temprano. Los presupuestos fueron revisados y analizados meticulosamente por la tarde, poco antes de la reunión. Ahora, ya no tenía nada que hacer.
Suspiré pesadamente, sentado tras mi escritorio. Golpeé mis dedos en la mesa, al ritmo del tic tac del reloj. Golpe. Tic. Golpe. Tac. Esto era tan estúpido de mi parte. ¡Podría estar durmiendo! O bañándome, o tomando médicamente contra mi migraña. Bufé y cerré los ojos, dispuesto a tomar una siesta de dos horas sin interrupciones. Me la merecía y James no podría reclamarme.
—Señor Cullen —Sonó la voz de mi secretaria, eh… ¿Margarita?
Oprimí el botón rojo—. Dime.
—Una señorita lo busca. Está fuera de su despacho.
El sueño se fue como por arte de magia. ¿Una señorita? ¿Me busca a mí? Esto era sorprendente. Serían pasadas las diez de la noche y éste no era una avenida muy transitada. Carraspeé y le di la orden de que pasara a mi secretaria, cuyo nombre no podía recordar. Pasaron un par de minutos antes de que una joven aproximadamente de mi edad, entrara por mi doble puertas de roble. Miró alrededor con admiración.
— ¿Eres Edward Cullen? —Tenía un acento extraño, que nunca en mi vida había escuchado, pero decidí no hacerla sentir mal. Me limité a asentir. Ella sonrió—. ¿Cómo está todo? La abuela E…
— ¿Te refieres a mi abuela Esme? —Interrumpí—. Ella está bien. La pregunta es, ¿quién eres tú?
La examiné, detenidamente. No era muy alta. Cabello castaño, ojos cafés. Una mundana más. Sonreía con felicidad y su rostro parecía más iluminado. No vestía con clase. Era demasiado casual para que fuera una persona con dinero. Simplemente, una chiquilla más sin propósito en la vida. Se acercó hasta el otro lado del escritorio y me ofreció su mano. Pequeña y sin marcas.
— Mi nombre es Bella… —Se presentó—. Soy la nieta perdida durante un terremoto. Anabelle Cullen.
¡Santa mierda! En un dos por tres, estaba parado, haciéndole frente a la joven. Sólo algunas personas sabían de la existencia de Anabelle. Nueve años atrás durante un viaje a Nuevo México, mis tíos –padres de Anabelle– y ella, habían presenciado un terremoto que había destruido muchos lugares. Ellos murieron, pero el cuerpo de mi prima nunca fue encontrado. Personalmente, no recordaba haberla visto. Mi abuela Esme, que se estaba postrada en la cama a causa de una enfermedad, la había buscado por siete años, pero una vez que enfermó, me encargó buscarla a mí.
¿Quién diría que algún día llegaría a estar frente a mi prima perdida?
— ¿De verdad eres Anabelle? —Asintió, con una sonrisa.
—Si gustas, puedes hacerme una prueba de ADN —Llevó una mano a su cabello y se arrancó uno. Lo extendió. Evité hacer una mueca de asco.
Abrí mi laptop. Iniciando sesión de usuario. Mi contraseña era demasiado fácil, y como era fácil, nadie esperaría que un genio usara su nombre como clave. Tecleé rápidamente. En cuanto estuvo cargada, abrí mi carpeta con fotos de mi prima. Busqué de la foto más reciente que teníamos de ella, de muchos años atrás. Ojos cafés, cabello negro… Era casi similar. Los pómulos y los labios disparejos: el superior más grande que el inferior. Eran una copia exacta.
— ¿Por qué tu cabello no es azabache? —Demandé.
—Me lo teñí hace dos años —Respondió—. ¿A poco no se me ve genial? —Preguntó, agitando su melena de un lado para otro.
La observé durante un rato más. Anabelle Cullen, bienvenida a casa.
The Liar
.
Anabelle Cullen
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Pasé una mano por mi cabello, en el momento en que soltaba un suspiro de cansancio. El presidente de la empresa me miraba con expectación, esperando mi respuesta. Parpadeé confundido. ¿Había dicho algo? Me sumía tanto en mis pensamientos que me costaba prestar atención; últimamente más. Repitió la pregunta, dispersando mis dudas. Sus labios estaban fruncidos, seguramente, estaba molesto conmigo, de nuevo. Bufé por lo bajo y respondí con a voz más alta y clara posible.
Los inversionistas me miraron con la boca abierta. A pesar de solo contar con veintitrés años, yo era vicepresidente de una importante compañía de videojuegos. En la preparatoria solían llamarme ''cerebrito'', bromeando de mis perfectas calificaciones. Tenía seguramente muchos amigos porque era el inteligente de la clase y el que pasaba los trabajos. Mi personalidad no era lo que se decía 'sociable', ni mucho menos agradable. Había demasiadas cosas de las que ocuparme y no tenía tiempo de hacer amigos.
Concluí todo con una gran –falsa– sonrisa, y todos aplaudieron, sumamente complacidos. Desde que había llegado a la empresa, su venta y producción habían ido en aumento. Gracias a mí, y a mi gran cerebro, no se habían ido a la banca rota. Aunque ahora cargaba un peso mayor en mis hombros, era feliz y no me faltaba nada en la vida. O al menos, siempre había creído eso.
Todo era tan fácil y monótono que a veces sentía que la única, verdadera acción estaba cuando la fotocopiadora se tragaba el papel. ¿Triste? ¿Aburrido? Ustedes escojan el adjetivo que más se acerca a mi vida. Nunca será emocionante ni mucho menos lleno de vida. No. Así era mi vida y no tenía porque ir en contra de lo que era. Llevaba comida a mi mesa, tenía un techo y me podía dar lujos que muchos no. Simplemente no era tan deprimente como parecía.
—Edward —Llamó el jefe, James, una vez que los futuros inversionistas se marcharan.
Levanté a vista de mis papeles. Sonreí de manera irónica, haciendo una seña de que se acercara a mí.
— ¿Qué pasa? —Inquirí, burlón—. ¿Otra vez necesitas mi ayuda?
Él era el jefe de la empresa, pero siempre parecía que era yo. Todo el tiempo estaba detrás de mí, pidiéndome ayuda. Sus ojos reflejaron su enojo, la humillación de saberse inferior a mí. James era lo suficientemente arrogante y embustero para decirle a todo el mundo que él era el genio y líder absoluto e la compañía, mientras yo había estado rogándole por el empleo. No me molestaba en desmentir, no tenía caso. La verdad, es que poco me importaba lo que las personas pensaran y dijeran de mí, con tal de que hicieran bien su trabajo, podían susurrar tras mis espaladas, o frente a mis narices.
—Sí —Suspiró, rindiéndose. Se sentó frente a mí—. Necesito que me ayudes con los presupuestos del nuevo videojuego —Su voz tembló cuando pronunció la siguiente frase—. Y presiona a Ángela con el gráfico. El comercial y el original.
No era secreto ni para mí, ni para nadie que a James le gustaba Ángela. Sólo que para su mala suerte, ésta no le daba la hora y su corazón pertenecía a nuestro jefe en sonido, Ben. El jefe, al ser un hombre acostumbrado a tener lo que quiere, había intentado despedir al dueño del corazón de su amada; es donde entré yo, persuadiéndolo que no le quitara su puesto. ¿Dónde encontraríamos a alguien mejor que él? Nuestra empresa sólo tenía lo mejor de lo mejor.
Algo que realmente odiaba, era que las personas dejaran de pensar en su propio bien para preocuparse por la persona que amaban. Lo odio. Perdían su individualidad y empezaban a hacerse dependientes de la otra persona. Era peor que las drogas o el alcohol. Asentí, obedeciendo la orden. James me sonrió y se marchó de la sala. Rápidamente me levante y fui al sofá más cómodo. Me desparramé por completo.
Había estado trabajando horas corridas diariamente. La migraña que llegó hace tres días, no se marchaba; los músculos tensos, y mi rostro estaba horrible, en especial con la barba de días. Mis oídos zumbaban. Entonces recordé, que en lugar de quejarme, tenía cosas que hacer. Gemí y tiré de mis cabellos, llevándome algunos entre los dedos. Busqué a Ángela en su oficina, pero no se encontraba ahí. Ben me informó que tuvo una emergencia y se había retirado temprano. Los presupuestos fueron revisados y analizados meticulosamente por la tarde, poco antes de la reunión. Ahora, ya no tenía nada que hacer.
Suspiré pesadamente, sentado tras mi escritorio. Golpeé mis dedos en la mesa, al ritmo del tic tac del reloj. Golpe. Tic. Golpe. Tac. Esto era tan estúpido de mi parte. ¡Podría estar durmiendo! O bañándome, o tomando médicamente contra mi migraña. Bufé y cerré los ojos, dispuesto a tomar una siesta de dos horas sin interrupciones. Me la merecía y James no podría reclamarme.
—Señor Cullen —Sonó la voz de mi secretaria, eh… ¿Margarita?
Oprimí el botón rojo—. Dime.
—Una señorita lo busca. Está fuera de su despacho.
El sueño se fue como por arte de magia. ¿Una señorita? ¿Me busca a mí? Esto era sorprendente. Serían pasadas las diez de la noche y éste no era una avenida muy transitada. Carraspeé y le di la orden de que pasara a mi secretaria, cuyo nombre no podía recordar. Pasaron un par de minutos antes de que una joven aproximadamente de mi edad, entrara por mi doble puertas de roble. Miró alrededor con admiración.
— ¿Eres Edward Cullen? —Tenía un acento extraño, que nunca en mi vida había escuchado, pero decidí no hacerla sentir mal. Me limité a asentir. Ella sonrió—. ¿Cómo está todo? La abuela E…
— ¿Te refieres a mi abuela Esme? —Interrumpí—. Ella está bien. La pregunta es, ¿quién eres tú?
La examiné, detenidamente. No era muy alta. Cabello castaño, ojos cafés. Una mundana más. Sonreía con felicidad y su rostro parecía más iluminado. No vestía con clase. Era demasiado casual para que fuera una persona con dinero. Simplemente, una chiquilla más sin propósito en la vida. Se acercó hasta el otro lado del escritorio y me ofreció su mano. Pequeña y sin marcas.
— Mi nombre es Bella… —Se presentó—. Soy la nieta perdida durante un terremoto. Anabelle Cullen.
¡Santa mierda! En un dos por tres, estaba parado, haciéndole frente a la joven. Sólo algunas personas sabían de la existencia de Anabelle. Nueve años atrás durante un viaje a Nuevo México, mis tíos –padres de Anabelle– y ella, habían presenciado un terremoto que había destruido muchos lugares. Ellos murieron, pero el cuerpo de mi prima nunca fue encontrado. Personalmente, no recordaba haberla visto. Mi abuela Esme, que se estaba postrada en la cama a causa de una enfermedad, la había buscado por siete años, pero una vez que enfermó, me encargó buscarla a mí.
¿Quién diría que algún día llegaría a estar frente a mi prima perdida?
— ¿De verdad eres Anabelle? —Asintió, con una sonrisa.
—Si gustas, puedes hacerme una prueba de ADN —Llevó una mano a su cabello y se arrancó uno. Lo extendió. Evité hacer una mueca de asco.
Abrí mi laptop. Iniciando sesión de usuario. Mi contraseña era demasiado fácil, y como era fácil, nadie esperaría que un genio usara su nombre como clave. Tecleé rápidamente. En cuanto estuvo cargada, abrí mi carpeta con fotos de mi prima. Busqué de la foto más reciente que teníamos de ella, de muchos años atrás. Ojos cafés, cabello negro… Era casi similar. Los pómulos y los labios disparejos: el superior más grande que el inferior. Eran una copia exacta.
— ¿Por qué tu cabello no es azabache? —Demandé.
—Me lo teñí hace dos años —Respondió—. ¿A poco no se me ve genial? —Preguntó, agitando su melena de un lado para otro.
La observé durante un rato más. Anabelle Cullen, bienvenida a casa.
The Liar -Introducción
Escrito por:
Annelice'KissLemon
Disclaimer: Los personajes no son míos, son de la señora Meyer. La trama es mía y esta inspirada de algún lugar. Haha, yo y mi mente retorcida.
Ella era alta y con buenas curvas. Yo era exactamente plana y con algunas curvas. Mis senos no eran muy grandes, cabían en mis pequeñas manos de niña de escuela elemental. Se podía decir que era una chica más con algo de autoestima. Tanya era lo opuesto a mí, pero ambas éramos sumamente parecidas, aunque no físicamente, nos entendíamos a la perfección.
Mi inmigración a Inglaterra hace poco más de cinco años, me había dado un acento inglés sumamente sexy, pero que sólo podía usar con los chicos de otros lugares. Vi como un señor le agarraba el trasero a mi amiga y luego le daba quinientos dólares. Hice una mueca de envidia y asco. Lo que ella tenía que hacer para poder sobrevivir y lo que yo envidiaba de ella. Tanya por ser bonita conseguía mucho más que cualquiera de las otras chicas. Si yo entrará ahí, obtendría, por lo menos, cincuenta dólares en toda la noche.
Suspiré y le pedí al barman otra copa de lo que estaba tomando. No tenía ni idea de lo que tomaba, pero estaba delicioso. Sirvió otra. Era un vaso de vidrio largo y delgado. Hasta abajo tenía algo de color anaranjado, luego amarillo, rojo y el líquido era morado. Bebí un pequeño sorbo.
— ¡Bella! —Gritó, Tanya, llegando a mi lado. Escupí un poco de mi bebida.
La fulminé con la mirada. Entre sus delicadas manos traía el periódico del día. Los últimos meses había estado viniendo a su trabajo y quedándome a dormir a su casa. Mis padres habían muerto dos años atrás, dejándome a mi suerte. Todavía lamentaba su partida, pero no tenía donde velarlos cada año, ya que sus cuerpos desaparecieron. Tanya fue la que cuidó de mí y ha estado haciéndolo. Pero ya era momento que me hiciera cargo de mi misma. Siempre me traía los periódicos para buscar trabajos. Siempre eran los mismos.
—Toma —Me extendió el periódico.
En primera plana aparecía un chico de mi edad, sonriendo y con un traje de vestir negro. ''Joven sube a vicepresidencia. Posible presidente''. Sonreí. Eran muy escasos los chicos así. Deje eso a un lado y me concentré en la sección de trabajos. Lo mismo de siempre. Nada era lo suficientemente bueno o llamativo para que quisiera entrar a trabajar ahí. Si iba a hacer algo por el resto de mi vida, e iba a vivir de ello, tenía que ser algo que realmente amará. Algo de lo que pudiera vivir. Taché algunos que no me convencían, pero de poco a poco, había tachado todos y no quedaba ningún trabajo en las dos páginas de empleo.
Escuché como Tanya suspiraba y me giré a ella. Sonreí tristemente mientras veía su vaso con la bebida extraña que yo había tomado más de una vez.
— ¿Sucede algo? —Animé a preguntar.
Sus ojos se clavaron en los míos—. Sí que pasa, Bella… —Dijo en un tono cortante que me sorprendió—. Ya no puedes seguir viviendo en el departamento.
Abrí los ojos en toda su capacidad. ¿Había escuchado bien? ¿Tanya Denali, mi mejor amiga, me estaba corriendo del único lugar que tenía para vivir?
—No es por ti y a la vez, sí —Susurró, dejando escapar algunas lágrimas—. El dueño nos va a quitar el departamento y nos dejará en la calle. Yo… He conseguido otro lugar para vivir, pero no es lo suficientemente grande para las dos, ni siquiera para mí. Por favor, Bella. Encuentra trabajo pronto y busca un hogar; el dueño vendrá la próxima semana a sacarnos, pasado mañana me iré de ahí.
Se levantó de repente, y dando media vuelta, se fue a seguir trabajando. Suspiré profundamente y cerré el periódico, rendida. No encontraría un trabajo ese día, ni ningún otro. Miré fijamente la portada, hasta que reconocí esos ojos. Yo los había visto antes, en otro lado. Busqué en el periódico la sección de la primera plana y lo encontré. Edward Cullen. Sonreí, a la vez que mi mente preparaba un plan.
—Prepárate, Edward Cullen —Dije a la nada—. Estás a punto de ver de nuevo a Bella Swan.
The Liar
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Introducción
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Sacudí mi cabello al ritmo de la música. El bar tenía cierto encanto. No era como me imaginaba un lugar de prostitutas y traficantes de drogas. Una rubia me guiñó un ojo desde el otro lado de la habitación. Reí. Estaba lo suficientemente ebria y no sabía lo que hacía. Mi mejor amiga, me había invitado a beber. Ella era una especie de 'mesera' del lugar, que se dejaba manosear por dinero y, sonreía a los clientes. Yo deseaba un trabajo.Ella era alta y con buenas curvas. Yo era exactamente plana y con algunas curvas. Mis senos no eran muy grandes, cabían en mis pequeñas manos de niña de escuela elemental. Se podía decir que era una chica más con algo de autoestima. Tanya era lo opuesto a mí, pero ambas éramos sumamente parecidas, aunque no físicamente, nos entendíamos a la perfección.
Mi inmigración a Inglaterra hace poco más de cinco años, me había dado un acento inglés sumamente sexy, pero que sólo podía usar con los chicos de otros lugares. Vi como un señor le agarraba el trasero a mi amiga y luego le daba quinientos dólares. Hice una mueca de envidia y asco. Lo que ella tenía que hacer para poder sobrevivir y lo que yo envidiaba de ella. Tanya por ser bonita conseguía mucho más que cualquiera de las otras chicas. Si yo entrará ahí, obtendría, por lo menos, cincuenta dólares en toda la noche.
Suspiré y le pedí al barman otra copa de lo que estaba tomando. No tenía ni idea de lo que tomaba, pero estaba delicioso. Sirvió otra. Era un vaso de vidrio largo y delgado. Hasta abajo tenía algo de color anaranjado, luego amarillo, rojo y el líquido era morado. Bebí un pequeño sorbo.
— ¡Bella! —Gritó, Tanya, llegando a mi lado. Escupí un poco de mi bebida.
La fulminé con la mirada. Entre sus delicadas manos traía el periódico del día. Los últimos meses había estado viniendo a su trabajo y quedándome a dormir a su casa. Mis padres habían muerto dos años atrás, dejándome a mi suerte. Todavía lamentaba su partida, pero no tenía donde velarlos cada año, ya que sus cuerpos desaparecieron. Tanya fue la que cuidó de mí y ha estado haciéndolo. Pero ya era momento que me hiciera cargo de mi misma. Siempre me traía los periódicos para buscar trabajos. Siempre eran los mismos.
—Toma —Me extendió el periódico.
En primera plana aparecía un chico de mi edad, sonriendo y con un traje de vestir negro. ''Joven sube a vicepresidencia. Posible presidente''. Sonreí. Eran muy escasos los chicos así. Deje eso a un lado y me concentré en la sección de trabajos. Lo mismo de siempre. Nada era lo suficientemente bueno o llamativo para que quisiera entrar a trabajar ahí. Si iba a hacer algo por el resto de mi vida, e iba a vivir de ello, tenía que ser algo que realmente amará. Algo de lo que pudiera vivir. Taché algunos que no me convencían, pero de poco a poco, había tachado todos y no quedaba ningún trabajo en las dos páginas de empleo.
Escuché como Tanya suspiraba y me giré a ella. Sonreí tristemente mientras veía su vaso con la bebida extraña que yo había tomado más de una vez.
— ¿Sucede algo? —Animé a preguntar.
Sus ojos se clavaron en los míos—. Sí que pasa, Bella… —Dijo en un tono cortante que me sorprendió—. Ya no puedes seguir viviendo en el departamento.
Abrí los ojos en toda su capacidad. ¿Había escuchado bien? ¿Tanya Denali, mi mejor amiga, me estaba corriendo del único lugar que tenía para vivir?
—No es por ti y a la vez, sí —Susurró, dejando escapar algunas lágrimas—. El dueño nos va a quitar el departamento y nos dejará en la calle. Yo… He conseguido otro lugar para vivir, pero no es lo suficientemente grande para las dos, ni siquiera para mí. Por favor, Bella. Encuentra trabajo pronto y busca un hogar; el dueño vendrá la próxima semana a sacarnos, pasado mañana me iré de ahí.
—Prepárate, Edward Cullen —Dije a la nada—. Estás a punto de ver de nuevo a Bella Swan.
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